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Pulsión

Haaaaaah… shhhhh… haaaah… Inhala profundo por la nariz. Exhala lento por la boca. Haaaaaa… ffffff… Bip… bip… bip… —Relaja tu mente, controla tu cuerpo. Respira por la nariz y suelta por la boca. Solo piensa en el aquí y el ahora. Pronto saldrás de este hospital. Respira nuevamente. —¡Carajo, esto no me funciona! Busco el celular, acurrucado entre las sábanas florales que me trajo mi madre la última vez que pudo visitarme, el domingo. Fue hace dos días o menos. Hoy es martes, pero siento que no nos vemos desde hace meses. El tiempo se vuelve lento en este lugar; el aire se encierra y me asfixio conmigo misma. Abro mi celular flip y trato de escribir con una sola mano, la izquierda, la no dominante. Intento generar una bitácora para que, cuando pueda escribir mejor, no olvide del todo la realidad. A mi libro de memorias no le hacen falta más capítulos, pero hay que añadir cómo es tratado un paciente con TLP durante una hospitalización. ¿Habré dicho que tengo TLP? ¿Cumplimenté un recuadro...

Together

Fue una noche lluviosa en la que mi pequeña familia se sentó, con palomitas de maíz, frente al televisor para divisar el Super Bowl. Ese supuesto gran espectáculo que los americanos celebran con furor en torno al fútbol americano. Los jugadores corrían de un lado a otro del campo como si persiguieran un balón que siempre parecía escapárseles, chocando entre sí en una coreografía caótica de empujones y cascos. Yo no entendía nada.

Pero, siendo honesta, lo que de verdad me importaba no estaba en el marcador ni en las jugadas: esperábamos con ansias el medio tiempo. Cuando por fin llegó, parecía que el reloj se detenía dejando huellas en la memoria colectiva del deporte con la voz de Bad Bunny. 

“Tití me preguntó si tengo muchas novias…”, “me las voy a llevar a todas pa’ un VIP”. 

Con esta canción abrió el espectáculo. Benito apareció en escena como un acto de resistencia cultural, mezclando ritmos urbanos con orgullo caribeño, reclamando identidad, cultura y memoria en cada movimiento de su cuerpo. 

Los cañaverales.
La familia.
El boxeo.
Los cocos.
La bomba y la plena.
El reguetón.
Los postes de luz.
La casita.
Las piraguas.
La música.
Nuestra bandera.

Mientras cantaba, el llamado Conejo Malo le entregó uno de sus Grammys a un pequeño actor, en representación de Liam, un niño de cinco años que había sido detenido por agentes del ICE mientras caminaba a su casa de regreso de la escuela en Minnesota. Yo me quedé sujeta al mueble, inmóvil. No sabía qué hacer con el cuerpo: si bailar, llorar, reír, agradecer o gritar. Todo ocurría al mismo tiempo, sin orden, sin permiso. Sentía la emoción acumulándose, presionando desde adentro, pidiendo salida. Y justo cuando pensé que ya no podía sostener más, apareció Ricky Martin interpretando Lo que le pasó a Hawaii. 

“Quieren quitarme el río y también la playa,
quieren el barrio mío
y que mis abuelos se vayan…”.

Me desbordé como el río Camuy bañando las cavernas.

Aquella noche fue un recordatorio claro: que desde una isla pequeña se puede estremecer un estadio gigante o, como dijo Bad Bunny, “Together we are America”.

MTG 8/2




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