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Espejismo

Otra vez me encuentro rozando esa fina línea entre la realidad y la virtualidad, intentando encontrar el amor en una pantalla, y hallando únicamente inmediatez, fugacidad, ausencia de compromiso y una profunda desilusión. Otra vez me cuestiono si debo cerrar la aplicación o seguir prostituyéndome sin ganancias, dejando que hombres ajenos decidan cuánta belleza ostento o qué arreglos debo hacerme para lucir como ellos quieren. Otra vez me desilusiona abrirme a la absurda honestidad de mi vida; contarles sobre mis trastornos, mis logros, mis sueños y mis alegrías. Leer y escuchar cómo se llenan la boca de elogios por un par de horas y, al caer la noche, el sueño se lleva mi nombre de sus pensamientos. MTG 22/3

Together

Fue una noche lluviosa en la que mi pequeña familia se sentó, con palomitas de maíz, frente al televisor para divisar el Super Bowl. Ese supuesto gran espectáculo que los americanos celebran con furor en torno al fútbol americano. Los jugadores corrían de un lado a otro del campo como si persiguieran un balón que siempre parecía escapárseles, chocando entre sí en una coreografía caótica de empujones y cascos. Yo no entendía nada.

Pero, siendo honesta, lo que de verdad me importaba no estaba en el marcador ni en las jugadas: esperábamos con ansias el medio tiempo. Cuando por fin llegó, parecía que el reloj se detenía dejando huellas en la memoria colectiva del deporte con la voz de Bad Bunny. 

“Tití me preguntó si tengo muchas novias…”, “me las voy a llevar a todas pa’ un VIP”. 

Con esta canción abrió el espectáculo. Benito apareció en escena como un acto de resistencia cultural, mezclando ritmos urbanos con orgullo caribeño, reclamando identidad, cultura y memoria en cada movimiento de su cuerpo. 

Los cañaverales.
La familia.
El boxeo.
Los cocos.
La bomba y la plena.
El reguetón.
Los postes de luz.
La casita.
Las piraguas.
La música.
Nuestra bandera.

Mientras cantaba, el llamado Conejo Malo le entregó uno de sus Grammys a un pequeño actor, en representación de Liam, un niño de cinco años que había sido detenido por agentes del ICE mientras caminaba a su casa de regreso de la escuela en Minnesota. Yo me quedé sujeta al mueble, inmóvil. No sabía qué hacer con el cuerpo: si bailar, llorar, reír, agradecer o gritar. Todo ocurría al mismo tiempo, sin orden, sin permiso. Sentía la emoción acumulándose, presionando desde adentro, pidiendo salida. Y justo cuando pensé que ya no podía sostener más, apareció Ricky Martin interpretando Lo que le pasó a Hawaii. 

“Quieren quitarme el río y también la playa,
quieren el barrio mío
y que mis abuelos se vayan…”.

Me desbordé como el río Camuy bañando las cavernas.

Aquella noche fue un recordatorio claro: que desde una isla pequeña se puede estremecer un estadio gigante o, como dijo Bad Bunny, “Together we are America”.

MTG 8/2




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