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Toradol
Al décimo día, la habitación comienza a encogerse sobre mí. Las paredes blancas ya no parecen limpias, lucen cremuzcas, manchadas de cansancio, impregnadas de dolor y pestilencia. Escucho voces que se burlan, que elevan el tono como si quisieran profanar el poco espacio que aún le pertenece a mi mente. La compañera de habitación deja de parecer humana; se convierte en un espectro venido de otro planeta, uno hambriento, desesperado, que mientras duermo intenta arrancarme las vísceras con sus manos invisibles, consumida por el hambre grotesca de quien lleva dos semanas sin probar alimento alguno.
Los enfermeros son sus coristas. Caminan alrededor de mi cama como figuras borrosas bajo la luz artificial, riéndose entre murmullos, alentándola en secreto a terminar conmigo. Y yo, atrapada entre el zumbido de las máquinas y el insomnio, ya no sé qué parte pertenece al hospital y cuál nació producto del Toradol. No distingo si es la realidad o son alucinaciones causadas por la medicación o mi trastorno que potencia este encierro obligatorio.
El hospital lentamente convierte la mente en otro órgano enfermo, y solo las voces que llegan desde afuera —las que aún me nombran, me recuerdan quién soy y me hablan como si todavía existiera fuera de esta cama— logran aterrizarme nuevamente en la realidad.
MTG 11/5
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