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Canicas
Últimamente, el cuerpo se siente como si niños jugaran canicas dentro de mí. Las lanzan de un lado a otro, intentando chocar entre sí, golpeando mis riñones brillosos, color oro, bañados en calcio.
Y mientras tanto, por fuera, no logro mantenerme erguida, agotada por la lucha interna de esos niños que compiten por un lugar dentro de mi cuerpo. Brincan, danzan, corren de alegría, del otro lado, mi rostro es uno de lamento, dolor y desesperación.
Las canicas corren lejos; se desprenden de mis riñones, resbalan por esos tubos finos y estrechos —los uréteres—, como si fueran túneles oscuros donde cada roce duele. Bajan lento, pero punzantes, raspando las paredes, anunciando su paso con oleadas que me doblan el cuerpo.
Llegan a la vejiga como un descanso engañoso, un silencio breve antes de la última carrera. Y luego, sin pedir permiso, se empujan hacia la uretra, ese hilo estrecho por donde mi cuerpo intenta expulsarlas... pero los niños las atrapan, las reclaman, las devuelven al juego. No quieren perder sus canicas. No quieren irse de mí. Y yo, atrapada entre su risa y mi dolor, sigo siendo el cuerpo donde juegan.
MTG 21/4
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