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Tránsito
Nunca me daba tiempo de empacar, ni mucho menos de desempacar. Vivía errante en la vida, nómada, libre ante mi propio destino. El carro se convirtió en mi habitación propia, donde guardaba mis pocos tesoros, uno que otro libro, un traje de fiesta de diseñador y, por siempre, mis agendas, las dueñas de mi pasado, presente y futuro. Ellas se encargaban de marcar el reloj, ordenar el caos y desenredar la vida caótica que llevaba.
No lo pedí, no lo decidí; simplemente, mi trastorno me llevaba a la incertidumbre, al precipicio, al desenfreno, a la lujuria, al escándalo, a lo políticamente incorrecto. Hasta que un 19 de julio nació mi hijo, quien desde el primer momento se convirtió en mi hogar. Por él intento permanecer estable en un mismo espacio, mantener la ropa guardada en las gavetas, los libros en el estante. Pero siempre estoy lista para huir con él, a la expectativa del día (muy pronto) en que podamos llenar nuestras maletas de recuerdos y una que otra vestidura, cubrir cajas y cajas de libros, tomar la maquinilla, la computadora portátil, su juguete favorito y salir de las paredes que me aprisionan.
Y es que cada día tolero menos el ruido, los sonidos, las voces que del otro lado de la pared me atormentan. Ni los malos olores, esos olores que no me pertenecen, a los que no les he dado permiso para coexistir con nosotros. Por lo que ya no aguanto el lugar donde estoy… y sospecho que ellos tampoco me aguantan a mí.
MTG 22/3
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