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Amparo
La casa de mi papá fue un campo de guerra en desuso, con minas por doquier a punto de reventar. Los platos y las ollas eran proyectiles que, desafortunadamente, perturbaban nuestra paz. Con los años eso cambió, se convirtió en refugio en los momentos de angustia, de ansiedad y de falta de dirección. Es el techo seguro que nos protege de las inclemencias del tiempo.
Nos salvó de Georges, de Irma y de María. También hace de roca fuerte, de columnas reforzadas. Los temblores se sienten, pero no nos quiebran cuando estamos resguardadas bajo este único techo, construido por amor y esperanza por mi padre.
Durante toda mi vida he huido de este espacio llamado casa. Los recuerdos del pasado me atormentan. Me he escapado, me he mudado, me he enamorado. He regresado con una barriga de seis meses y una criatura en mi vientre. No es mi lugar favorito en el mundo, pero es donde está mi familia. Es, al final, mi hogar.
A días de cumplir treinta y seis, toco la puerta nuevamente y me la abren de par en par, dispuestos a cuidarme como cuando era una niña y pisé este suelo camuyano por primera vez. Demostrándome una vez más que el hogar no son los bloques de concreto, ni las lozas por las que camino, ni los muebles que habitan la sala. El hogar es quien abre la puerta cuando regresas, cansada de huir.
MTG 16/3
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