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Pasaje
Ella tomaba aviones para escapar. Compraba pasajes sin importar el destino; necesitaba estar en las nubes, conocer otras personas, culturas nuevas, huir de la rutina y de la monotonía.
Con el pasar del tiempo, comenzó a darse cuenta de que cada boleto de avión venía acompañado de una historia —una cada vez más triste que la anterior— decidió dejar de comprar pasajes aéreos. Identificó que cada boleto era el resultado de una relación fallida, de una discusión familiar, de una herida abierta, de alguna situación laboral.
Dejó de huir. Esta vez salía de su isla con la excusa del trabajo, premios, conferencias, tocar la cima del éxito. República Dominicana, Colombia, Costa Rica, Perú y Brasil fueron solo algunos de sus destinos.
Sin embargo, la ansiedad la abrazaba; ya no se sentía bien ni en las nubes ni en la tierra. Quería desaparecer, de su trabajo y de los aeropuertos. Dejó de volar. Se refugió en sí misma, en su hijo, buscando sanar un trastorno que la acompañaría por el resto de su vida.
Hoy, luego de años, se compró un pasaje de avión. No para escapar ni para trabajar. Lo compró porque se lo merece, no por necesidad, sino por paz. Esta vez no huía, elegía quedarse con ella.
MTG 15/2
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