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Crisantemos
Había tenido el cuidado de precisar la edad antes de dejar sobre la mesa un ramo de crisantemos amarillos aquel 14 de febrero. Llevaba una semana recibiendo quimioterapia; su cabello largo y rizado, color oro, se había desprendido en mechones, como hojas en otoño, y su piel, antes luminosa, lucía pálida y traslúcida, tensada sobre los huesos. Su físico estaba irreconocible, pero sus ojos grandes y brillantes insistían en vivir. Él cursaba su último semestre de internado en medicina oncológica. Al entrar a la habitación, la paciente le resultó conocida, aunque no sabía de dónde. Ella yacía dormida en la cama. Nunca imaginó que la niña que le había entregado su primer beso durante su infancia sería también su primera paciente. Había llegado a despedirse de él por última vez; al leer su nombre en el expediente médico lo supo. Desde ese momento, le regaló una flor por cada día de sus vidas.
MTG 16/2
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