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Sorbo
Nunca nos habíamos visto. Bastó un par de amigos políticos en común y unos vasos pequeños de cristal, llenos de mezcal —límpido y plateado, con un aroma ahumado que sabía a tierra mexicana, a madera quemada y al dulzor vegetal del agave cocido—. Para que nuestras miradas se masticaran como carne al pastor recién cortada del trompo: caliente, especiada, jugosa, girando lentamente antes de caer rendida.
Sabía que sus ojos estaban dibujando mi cuerpo. Por eso acerqué el vaso de mezcal a mis labios, gruesos, sedosos, rojo cereza. Deslicé mi lengua por su borde y saboreé un sorbo. Mientras susurraba un lento y profundo mmmmmm. El calor subía por mis muslos desde el fondo. Al mover el licor, apenas, se deslizaba por las paredes del cristal con una lentitud densa. Como si mis movimientos, nuestros movimientos, le exigieran a aquel señor —de piel morena templada por el sol, barba breve y oscura, mirada firme de quien ha aprendido a conquistar multitudes— convertirse en líquido para ser absorbido por mí.
Aquella bebida, venerada como la de los dioses, sellaba sin palabras un acuerdo tácito. El del deseo que se negocia lento, se saborea con cálculo y se consume cuando ya no hay vuelta atrás.
MTG 8/1
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