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Espejismo

Otra vez me encuentro rozando esa fina línea entre la realidad y la virtualidad, intentando encontrar el amor en una pantalla, y hallando únicamente inmediatez, fugacidad, ausencia de compromiso y una profunda desilusión. Otra vez me cuestiono si debo cerrar la aplicación o seguir prostituyéndome sin ganancias, dejando que hombres ajenos decidan cuánta belleza ostento o qué arreglos debo hacerme para lucir como ellos quieren. Otra vez me desilusiona abrirme a la absurda honestidad de mi vida; contarles sobre mis trastornos, mis logros, mis sueños y mis alegrías. Leer y escuchar cómo se llenan la boca de elogios por un par de horas y, al caer la noche, el sueño se lleva mi nombre de sus pensamientos. MTG 22/3

Navío

Nos encontrábamos en alta mar, simulando las escenas románticas de aquel famoso crucero —ese gigante de hierro del que hoy existen réplicas en museos—, con escalinatas elegantes, barandales brillantes y corredores interminables donde el lujo parecía no tener fin. Todo olía a madera fina, a perfume antiguo y a mar.

Tomados de la mano, corrimos por los pasillos del crucero. 

Pero antes, te cuento cómo nos conocimos”.

Cuatro noches atrás, con la luna llena clavada en el cielo y el barco navegando hacia el mar Caribe, me paré en la proa y pensé que quería morir en ese preciso instante. El viento me golpeaba el pecho como una sentencia, y el agua oscura con destellos lunares parecía llamarme por mi nombre.

Entonces apareció él.

—Mírame… estoy aquí —susurró—. No saltes.
Su voz firme, pero dulce, me deleitó al instante; era la primera vez que oía tal melodía.
—Si tú saltas… yo salto. Se acercó y me rodeó la cintura, pegándome a su pecho, como si su cuerpo pudiera sostenerme del vacío.

Segundos después, nos encontrábamos como Rose y Jack, abriendo los brazos al viento, creyendo —aunque fuera por un instante— que el mundo era solo nuestro.

Él tenía veintiuno y yo diecinueve. Él venía de una familia humilde del centro de la isla de Puerto Rico; yo, de una familia acomodada de los Estados Unidos. Su padre había ahorrado durante años para regalarle ese viaje como obsequio de graduación. Para mí, en cambio, era un viaje más para escapar de mi casa y descubrir nuevos lugares.

Él era fotógrafo de profesión. Yo apenas comenzaba mis estudios en derecho criminal, obligada por mis padres a seguir sus pasos, aunque mi corazón pedía que fuera escritora. 

Por eso, a escondidas de mis progenitores, he creado este blogRecuerda que si te gusta este contenido, puedes comentar y compartir para que esta entrada llegue a más lectores. Ahora sí continuemos la historia.

La tercera noche, Bad Bunny sonaba suave desde algún rincón del crucero, mezclándose con el rumor de las olas y la música del mar. Comenzamos juntos a cantar como si aquella canción hubiera sido escrita para nosotros:

“Y solo mírame
con esos ojito' lindo'
que, con eso, yo estoy bien
hoy he vuelto a nacer…”

Tú y yo, tú y yo.
Tú y yo, tú y yo.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que yo también… había vuelto a nacer.

En ese momento, mientras cantábamos, mis manos lo acercaron a mí por el cuello y nuestras lenguas entrelazadas comenzaron a bailar al compás de las notas musicales. Le susurré al oído que quería que me fotografiara desnuda. 

Disclaimer: la parte de la historia que viene a continuación, se los advierto, no es apta para tímidosSi eres atrevido continúa leyendo.

Corrimos como dos adolescentes a su camarote, riéndonos bajito, tropezando con el pasillo estrecho.

Su camarote era pequeño; las paredes parecían más bajas, el aire más tibio, y todo olía a él: a loción Samba. Una cama pequeña ocupaba la mayor parte del espacio, con sábanas claras arrugadas por el uso, y al lado un escritorio mínimo donde descansaban su cámara, su loción y su billetera abierta con una foto de él y su padre. Una lámpara envolvía la habitación con una luz suave, y en ese resplandor yo no parecía la hija obediente de una familia “perfecta”, perfecta en comillas: parecía una mujer adulta viviendo en libertad. Por unos segundos admiré la foto de su familia y la cerré para que no fuera testigo de lo que estaba a punto de hacer.

Él encendió su cámara. Al observarme por el lente, ya mi cuerpo comenzaba a desnudarse ante él; con tanta urgencia de libertad, así como Rose aquella noche en que se desnudó para ser dibujada por Jack en el Titanic. Primero desabotoné mi blusa, y mientras mis pechos se alzaban y temblaban apenas con cada respiración, tensos bajo la luz amarilla, giré el rostro hacia el lente, dejé un brazo por encima de la cabeza y arqueé la cintura con lentitud. Él enfocaba, y yo sentía su mirada recorriéndome como una caricia lenta, deteniéndose en mis pezones, duros, reclamando atención.

Abrí la cremallera de la falda y esta corrió libre por la alfombra de la habitación. Cambié de pose sin prisa: me senté al borde de la cama, mis nalgas firmes y redondas sobresalen, espalda recta, mentón alto, mirada desafiante; luego me incliné hacia atrás hasta quedar sostenida por los codos, dejando que la cámara capturara mi libertad desde todos sus ángulos. Él colocó nuevamente la cámara en la mesa. Su cuerpo se sentía como roca; fui despojándolo de sus vestiduras hasta dejarlo desnudo ante mi piel, que gritaba de deseo.

Esa noche compartimos juntos su habitación. En la mía ningún humano me esperaba, solo la ostentosidad de una cama grande con sábanas de algodón egipcio y almohadas rellenas con plumón, y una nevera con champán de la mejor calidad.

—Ahhh, ay...

—Amor, ¿estás bien?

—Tengo mucho dolor de barriga.

Se encontraba sudando frío, pálido, mareado. Comencé a sentir que el barco se hundía; su dolor se sentía como el choque con el iceberg: tuve miedo de perderlo. Recordaba, en esos momentos, cuando Jack logró que Rose subiera al bote salvavidas, pero ella decide no irse y salta de nuevo al barco para estar con él. Él me salvó; yo quería salvarlo. Fui a mi habitación en busca de analgésicos. Un par de minutos más tarde, luego de que él ingiriera el medicamento, nos quedamos dormidos abrazados, su brazo rodeando mi cintura y mi cabeza descansando sobre su pecho. Sus dedos apretaban suavemente mi espalda, y mi cuerpo se acomodaba al suyo como si ese fuera el único lugar seguro. Dormimos así, inmóviles, respirando al mismo ritmo, sanando, salvándonos juntos.

Hoy se siente mucho mejor, pero el resto de la historia se la publico cuando arribemos a Puerto PlataLa señal de internet no es la mejorAhora estamos disfrutando de un día de navegación; no hay puerto, solo mar. Jack les envía saludos.

MTG 14/1



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