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Irene
Eran las dos de la mañana del primer día del año en algún pueblo de Puerto Rico. Irene intentaba otorgarle honor al significado de su nombre, ese que su madre le había dicho que significaba paz. Pero afuera de su pequeño apartamento, construido de vagones reciclados, la madrugada temprana parecía un campo de guerra. Los fuegos artificiales estallaban sin tregua, desgarrando el cielo en colores violentos; las cherry bombs explotaban a ras de suelo como granadas improvisadas, haciendo vibrar las paredes y sacudiendo los nervios; y las baterías lanzaban ráfagas interminables de luces y detonaciones, una tras otra, como si sus vecinos hubieran decidido declararle la guerra al silencio.
Su hijo de cuatro años yacía en la cama con unos audífonos puestos, de los que salían sonidos de la naturaleza: agua corriendo tranquilamente entre piedras, lluvia fina cayendo sobre hojas anchas, grillos nocturnos marcando un ritmo paciente, aves lejanas anunciando un amanecer que aún no llegaba. Todo aquello tenía un solo propósito: apaciguar el impacto del campo de guerra que rugía afuera.
El pequeño no lograba descansar. Su corazón latía con fuerza, sus manitas temblaban y su cuerpo se movía de un lado a otro, intentando escapar de una pesadilla que no terminaba. Irene no aguantó más verlo sufrir. Abrió la puerta en pijamas y se dirigió al balcón. Afuera, el aire olía a pólvora; el suelo temblaba bajo sus pies; y cada explosión borraba cualquier intento de calma, recordándole que la paz —al menos ese primer día del año— era solo un nombre pronunciado en voz baja dentro de su cabeza.
—¿A qué hora se piensan acostar? —gritó desde el balcón, desesperada.
Los improperios que respondieron desde la casa vecina confirmaron que la habían oído.
—A la hora que me dé la gana. Hoy es Año Nuevo.
—Voy a llamar a la policía.
—Llámala, puta.
—Son unos insensibles. Tengo un bebé intentando dormir.
Puta, como si esa palabra tuviera algún efecto lacerante en ella. Puta le han llamado, desde que la tierra es redonda, a las mujeres con cojones que rompen el status quo. Pensó.
Cerró la puerta, le dio un beso en la mejilla a su hijo y esperó el próximo estallido. Pero este nunca llegó. Cinco minutos después volvió a salir al balcón para confirmar que, por fin, podría acostarse a dormir. Lentamente, ante sus ojos, las luces de la casa del vecino se fueron apagando. El ruido cesó. El silencio regresó.
Ella pudo descansar un par de horas. Salvándole, una vez más, la vida a su hijo, quien finalmente encontró paz en sus brazos.
MTG 1/1
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