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Pulsión

Haaaaaah… shhhhh… haaaah… Inhala profundo por la nariz. Exhala lento por la boca. Haaaaaa… ffffff… Bip… bip… bip… —Relaja tu mente, controla tu cuerpo. Respira por la nariz y suelta por la boca. Solo piensa en el aquí y el ahora. Pronto saldrás de este hospital. Respira nuevamente. —¡Carajo, esto no me funciona! Busco el celular, acurrucado entre las sábanas florales que me trajo mi madre la última vez que pudo visitarme, el domingo. Fue hace dos días o menos. Hoy es martes, pero siento que no nos vemos desde hace meses. El tiempo se vuelve lento en este lugar; el aire se encierra y me asfixio conmigo misma. Abro mi celular flip y trato de escribir con una sola mano, la izquierda, la no dominante. Intento generar una bitácora para que, cuando pueda escribir mejor, no olvide del todo la realidad. A mi libro de memorias no le hacen falta más capítulos, pero hay que añadir cómo es tratado un paciente con TLP durante una hospitalización. ¿Habré dicho que tengo TLP? ¿Cumplimenté un recuadro...

Enigma

El martes en la noche caminó en círculos por la habitación, incapaz de entregarse al descanso. Se sentó frente al pequeño escritorio junto a la ventana y comenzó a leer. Pero el calor hizo que dejara el libro abierto en la página quince. Cerró el libro. Abrió la ventana. El aire no la calmó; el sudor le inundaba las sienes. Dio unos pasos breves hacia el gavetero y sacó una camiseta larga, de esas que se usan para dormir cuando una quiere estar fresca, con la piel libre. Se quitó la pijama de mangas largas y se quedó únicamente con la blusa. Una hora después, vencida, logró por fin dormirse.

En la profundidad de los sueños logró mirarse al espejo. Allí observó cómo iba perdiendo los dientes uno a uno; caían lentamente sobre el lavamanos. Se rompían. Estallaban. Los intentaba atrapar, pero se le escapaban entre los dedos.

En la habitación el calor era cada vez más intenso. Se levantó y prendió el abanico. El ruido de las aspas le produjo un sueño casi automático.

—¿Te gusta? —le preguntaba él, con una cara que la obligaba, por pura mueca, a contestar.

Mientras lo observaba, ella sentía repugnancia, dolor abdominal, deseos de vomitar. Era el miembro más horrible que había presenciado: pequeño, flácido y cortado en pedazos, como escamas despellejadas. El glande era grande, desproporcionado. “Como un hongo”, pensó… pero no se atrevía a hablar: no tenía dientes.

“Amor de verdad, me lo merezco. Que todo salga bien, me lo merezco. Lo bueno viene a mí, la vaina se me da. Hasta la vista al mar me la merezco”… La alarma sonó al ritmo de Elena Rose.

Brincó de la cama sin mucho esfuerzo, fue al baño, se miró al espejo y se revisó los dientes. Estaban completos. Respiró aliviada, pero aún le faltaba resolver el enigma del micropene escamado. Llamó por teléfono a su novio y le pidió que le enviara una foto de su miembro: ningún parecido al sueño.

Luego de confirmar que todo había sido una pesadilla, soltó una carcajada nerviosa. No por gracioso: por absurdo. Porque ¿quién diablos sueña con un micropene escamado? ¿Por qué el miedo tomaba forma de dientes rotos? ¿Por qué el deseo se le convertía en náusea? Se preguntó qué significado tendría aquella cosa tan horrible, y el alivio se le fue apagando poco a poco. Porque los dientes estaban completos, sí… pero la repugnancia seguía allí, pegada a la garganta, como si el sueño no hubiese terminado del todo. El cuerpo le hablaba nuevamente, y la noche era el único momento en que ella lo escuchaba.

MTG 18/1



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