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Cúpula
En el antiguo casco urbano de Utuado, la luna retrataba con su destello más potente la cúpula de la Iglesia San Miguel Arcángel. La luz se deslizaba por una escalera metálica provisional, anclada al costado del templo, cuyos peldaños brillaban de forma intermitente como una línea plateada que ascendía hacia la cúpula. El silencio momentáneo, marcado por las máquinas de construcción apagadas —excavadoras inmóviles, rodillos compactadores en reposo y vallas metálicas dormidas bajo la luz lunar—, era testigo de las obras que se le estaban realizando al templo y a la plaza, ubicada justo frente a las escalinatas de la iglesia. No había niños corriendo, viejos jugando dominó, ni familias deleitándose con las luces navideñas. Aquella noche, el aspecto del pueblo lucía sombrío; ni los mismos espíritus se atreverían a aparecer debido a la temperatura de sesenta grados.
Sin embargo, Valeria, nombre de mujeres valientes y andariegas, con veinte años y estudiante de fotografía, llegó al pueblo convencida de que aún podría capturar la belleza del lugar: el movimiento propio de las fiestas navideñas, la cultura viva y las raíces que, según ella, se resisten a desaparecer. Se encontraba sola, con sus tenis gastados de recorrer cada uno de los pueblos de Puerto Rico como si fuera una maratonista. Tenía puesto un mahón azul marino, un abrigo y su cámara Canon guindada al cuello. Miró a su alrededor y contempló la belleza de la iglesia pintada de color amarillo, de líneas sobrias y fachada imponente, con muros gruesos marcados por el tiempo y una cúpula que dominaba el paisaje como un faro silencioso. Las escalinatas de cemento conducían al portón cerrado y las ventanas altas, apenas iluminadas, parecían guardar siglos de rezos y promesas.
A su lado izquierdo se alzaba una casa rústica de madera, color azul claro, que funcionaba como restaurante; desde afuera pudo ver e intercambiar un saludo pasajero con un comensal sentado en una de las mesas al aire libre. Al lado derecho de la plaza se encontraba la Casa Alcaldía de Utuado; el lugar había sido decorado para las fiestas. Luces de colores anaranjadas, rojas y verdes se prendían y apagaban en dos columnas que le daban la bienvenida a los ciudadanos cuando buscaban algún servicio, pensó. Justo a los lados, unos soldados de plomo, casi de su misma estatura —no más de cinco pies—, custodiaban la entrada. La muchacha menuda alzó su cámara y comenzó a capturar la belleza que escondía aquel espacio.
De pronto sintió que su piel comenzó a erizarse; se preguntó si sería el frío o el anuncio de una premonición. Durante su niñez había escuchado que por el centro de la isla se escondía Toño Bicicleta, un criminal legendario que durante décadas burló a la policía moviéndose entre los montes en su bicicleta. Decían que conocía los caminos rurales como la palma de su mano y que aparecía y desaparecía sin dejar rastro. Antes de visitar un pueblo tenía por costumbre documentarse, por lo que también había leído sobre la leyenda del Puente Blanco: un antiguo paso rural envuelto en relatos de apariciones nocturnas y lamentos que emergían del río. Se decía que, al caer la noche, una presencia vestida de blanco se manifestaba entre la neblina, deteniendo a los caminantes. Para Valeria, estos relatos eran un umbral donde la historia, el miedo y la memoria del país se cruzaban.
Todo aquello le atravesaba la mente mientras un sudor frío le recorría la espalda. Las luces comenzaron a perder nitidez, el suelo pareció inclinarse bajo sus pies y su cuerpo, de pronto ajeno, empezó a tambalearse. Intentó afirmarse, pero las fuerzas la abandonaron. Valeria cayó al suelo, vencida por un desmayo silencioso, perdiendo el conocimiento.
Despertó en una cama estrecha, con el cuerpo entumecido y un sabor metálico en la boca. No supo cuánto tiempo había pasado. Una voz femenina le hablaba despacio, ofreciéndole agua, mientras una manta cubría su cuerpo. Era una monja; vestía un hábito sencillo de color crema y llevaba el cabello completamente recogido bajo el velo. Sus ojos, serenos y atentos, transmitían calma en medio de la incertidumbre.
—¿Qué hago aquí? —preguntó Valeria con la voz quebrada—. No recuerdo nada…
—Hace un par de horas, a eso de las ocho de la noche, te encontraron tendida en el suelo, cerca de la cúpula de nuestra iglesia —respondió la monja sin levantar el tono—. Estabas desmayada, fría, temblando. Pensamos que lo mejor era no dejarte sola y cuidar de ti hasta que despertaras.
Valeria intentó incorporarse, pero la monja apoyó una mano firme sobre su hombro.
—Despacio —añadió—. El cuerpo avisa antes de rendirse, pero uno casi nunca escucha.
—Pero eso es imposible —susurró Valeria, adolorida y aterrorizada—. Anoche yo vine a tomarle fotos a la Casa Alcaldía… no subí a la cúpula.
Con manos temblorosas, encendió su cámara y revisó las últimas imágenes.
Fotos de la iglesia.
Fotos de la escalera.
Fotos de la cúpula.
Eran esas las fotografías que había tomado la noche del 2 de enero de 2026.
—Tranquila —dijo la monja—, ahora que estás despierta hemos llamado al médico para que te revise.
La monja se retiró y Valeria volvió a quedarse dormida.
Soñó con la plaza en construcción, con la escalera apoyada en la iglesia, con el restaurante de madera azul y con la Casa Alcaldía iluminada. En medio de esas imágenes apareció su abuela, la misma que creía en la reencarnación. No hablaba; solo la miraba como si estuviera junto a ella con vida.
—Doctor, parece que la niña se quedó dormida nuevamente —avisó la monja desde la puerta.
—Voy a despertarla para poder examinarla —respondió él.
El médico se acercó con cuidado. Apoyó dos dedos firmes sobre el hombro de Valeria y la llamó. Al no obtener respuesta inmediata, deslizó la mano hacia su muñeca para comprobar el pulso y volvió a llamarla, esta vez con mayor claridad.
Valeria abrió los ojos de golpe.
—Yo te he visto antes —dijo, todavía desorientada.
—¿Dónde? —preguntó él—. No le recuerdo.
—En el restaurante de aquí al frente.
—Hoy yo cené en la cafetería del hospital —respondió—. Trabajé doble turno. Hace mucho tiempo que no paso por el restaurante de Provi.
El médico la examinó con calma. Todo parecía estar bien.
Cuando quedó sola, Valeria miró al techo y pensó: todo esto es tan extraño… ¿y si esta no fuera la primera vez que estoy aquí?
MTG 2/1
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