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Culpa
Dejó sus pies níveos, anchos, de dedos alargados, descubiertos ante mí, en señal de comodidad. Me observaba y aguardaba como quien espera que yo hiciera lo mismo. Mi mente comenzó a emborujarse, como un hilo de tejido que, sin darme cuenta, iba creando en mi cabeza un monstruo de croché.
—¿Será esta una técnica que utilizan los psicólogos para generar cercanía en sus pacientes? —pensaba yo.
Mientras tanto, sus manos comenzaron a acariciar sus muslos; era imposible no posar mis ojos sobre su cuerpo. Estaba sentado frente a mí, imponente, dueño de su espacio, rey de su universo… un universo al que yo entraba solo por cita.
—¿Cómo has estado? ¿Cuéntame qué has hecho? —me preguntaba.
Y entonces se levantó de la silla, se acomodó su pantalón tonalidad ocre y se puso nuevamente los zapatos al ver que yo no cedía ante su presunta proposición.
Sentía cómo mis labios comenzaban a temblar en señal de nerviosismo. Las palabras no fluían, tartamudeaba. Mi cuerpo quemaba por dentro, pero no de deseo… sino de miedo.
Hablar de penes erectos, de parejas, de pieles desnudas, de terapia dialéctico-conductual se había convertido en norma, pero no desde el cuidado. No desde el lenguaje clínico. No desde la ética. Era otra cosa. No era terapia. Era contratransferencia…
La sesión terminó y me cuestioné si mi ropa estaba escotada, si me senté con las piernas abiertas, si mis labios le insinuaban deseo, si me había visto mirar su pene cuando acariciaba su entrepierna.
Y la culpa no era mía, ni de mí trastorno, ni lo que decía, ni dónde estaba, ni cómo vestía.
MTG 21/1
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