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Contigo
Vuelo cancelado.
Debido a las inclemencias del tiempo, su vuelo ha tenido que ser cancelado. Estamos buscando otras opciones de vuelo para usted. Permanezca pendiente a las notificaciones.
Leía el mensaje que había recibido por parte de la aerolínea apenas cinco horas antes de abordar su vuelo desde San Juan, Puerto Rico, hacia la República Dominicana.
—¿Pero por qué lo cancelan si las tormentas invernales son en Estados Unidos y no en el Caribe? ¿Qué haré ahora? Qué bueno que reservé para llegar tres días antes de mi compromiso con la universidad —se decía a sí misma, desesperada.
Caminaba de un lado a otro, pasándose las manos por el rostro, como si al frotar sus cachetes pudiera borrar la noticia.
—Me cancelaron el vuelo… no sé qué hacer —murmuró.
Llamó a su amigo, quien estudió medicina en Quisqueya y días antes, mientras disfrutaban unas copas de vino, le había dado recomendaciones de lugares para visitar. Buscando, como siempre, soluciones en él, que le arrojara algo de claridad.
—Tengo un amigo que tiene una avioneta. Puedo llamarlo, a ver si nos puede ayudar —le dijo él.
—¿Una avioneta? ¿Saliendo desde dónde? ¿Estás seguro de esto? —preguntó ella, sintiendo cómo el estómago se le apretaba. Nunca había viajado fuera de líneas aéreas comerciales.
Hubo un silencio breve, denso, al otro lado de la línea.
—Tranquila —respondió—. Déjame llamarlo primero. Vamos a ver si está disponible.
Ella enganchó sin saber si aquella idea era una locura más de su amigo o la única salida posible. Dejó el teléfono sobre la mesa con el volumen alto y se sentó en una silla del comedor. Bajó la cabeza y comenzó a llorar. Las lágrimas descendían como ríos caudalosos cuando, de pronto, el teléfono volvió a sonar.
—Cariño, todo resuelto. Está disponible para viajar hoy al Aeropuerto Internacional de La Romana.
—¿La Romana? Pero… ¿es seguro? ¿Has volado antes con él? —preguntó, con la voz aún temblorosa.
—Tranquila, respira hondo. Te puedo acompañar y, si durante el viaje te da un infarto, puedo sanarte —bromeó—. Seré tu médico privado.
Ella dejó escapar una risa nerviosa.
—¿Y tus pacientes en la clínica?
—Por ti lo dejo todo. Esto es una emergencia nacional. No puedo dejar a mi profesora favorita sola bajo esta tormenta.
—¿De qué tormenta hablas? —dijo ella, sonriendo—. La tormenta es en los United States.
—Así aprovechamos y vamos al lugar que te había dicho, Altos de Chavón. Te va a encantar, es un lugar místico, con buena comida y arte.
—Está bien —aceptó al fin—. Pero recuerda que ya tengo planes para el jueves en Santo Domingo. Tengo que dar la conferencia en la universidad. Ya todo está programado por el Decanato.
—¿Te busco?
—Tenía planeado dejar la guagua en el aeropuerto, pero ya que hay cambio de planes… me dejaré llevar. Búscame.
—Te recojo en una hora.
Una hora y quince minutos después, su amigo apareció puntual —como siempre— frente a su edificio. Tenía al menos veinte años más que ella. Era blanco, alto, de cabello lacio cuidadosamente peinado, médico de profesión y de esos hombres que parecían llevar siempre el control de cualquier situación. Coqueto, seductor, con esa seguridad tranquila de quienes están acostumbrados a resolver.
Bajó de su Mercedez con una sonrisa amplia, como si nada fuera realmente grave, como si el mundo siempre encontrara la forma de acomodarse a su favor. Al verla, levantó una ceja, evaluándola con la mirada clínica y afectuosa a la vez.
—Te ves linda —le dijo.
—Vamos. Confía. Todo va a salir bien.
Tan pronto le cerró la puerta del auto y ella se acomodó en el asiento, comenzaron los flirteos de siempre. Sus manos recorrieron con familiaridad sus muslos.
—Te siento un poco caliente.
Ella le siguió el juego, aunque muy en el fondo sabía que era una forma de agradecer que él estuviera allí cuando lo necesitaba.
—Siempre estoy caliente contigo.
Se inclinó hacia él, comenzó a acariciarle el cuello y a jugar con su cabello entre los dedos, mientras él guiaba velozmente por la autopista rumbo al aeropuerto Fernando Luis Ribas Dominicci, en Isla Grande, desde donde saldría el vuelo privado.
El mar aparecía a ratos por la ventana, silencioso, inmenso. Ella respiró hondo, intentando convencerse de que aquella improvisación no era una locura, sino la única forma posible de llegar a tiempo. El aeropuerto se acercaba, y con él, la certeza de que ya no había vuelta atrás.
Al poner un pie en el pequeño aeropuerto, su teléfono vibró. La aerolínea original le notificaba que la habían reubicado en un vuelo para el día siguiente.
—Ya para qué… —se dijo, guardando el celular.
La avioneta los esperaba. Blanca, compacta, con las hélices girando lentamente. El piloto hizo una seña breve. Abordaron. El motor comenzó a rugir, un sonido constante que se metía en el pecho como un pulso nervioso.
Se abrocharon el cinturón.
—Es una nave noble —dijo él—. Confía.
La avioneta rodó por la pista, aceleró y, en segundos, el suelo quedó atrás. Él le tomó la mano. Se abrazaron. Comenzaron a descubrirse cada espacio de la piel del otro. Colocaron una sábana improvisada para cubrir la humedad que comenzaba a brotar de sus cuerpos. Se tocaban, y de vez en cuando sus lenguas se encontraban en besos largos, casi suspendidos en el aire.
Entonces, el motor cambió de sonido.
Al principio todo parecía estable. El cielo estaba gris, pero firme. De pronto, un tirón leve. Luego otro. El motor dejó de sonar parejo. El zumbido constante se volvió irregular, como un carraspeo metálico, un brrrr-brrr-brr entrecortado que no terminaba de apagarse.
—¿Eso es normal? —preguntó ella, ya sin poder ocultar el miedo.
El piloto ajustó controles, movió una palanca, observó los indicadores.
—Turbulencia leve —dijo—. Aire inestable.
Una lluvia fina comenzó a golpear el parabrisas. Gotas rápidas, inesperadas. La avioneta se sacudió con más fuerza. Las luces del panel parpadearon un segundo.
—¿Por qué la hélice suena distinto? —preguntó ella, aferrándose al asiento.
El piloto bajó ligeramente la potencia.
—Fluctuación de presión —respondió—. Vamos a estabilizar.
El médico apretó su mano.
—Respira conmigo.
El avión descendió unos metros. El mar pareció acercarse. La lluvia se volvió más densa, casi violenta. No había tormenta anunciada. No debía haberla.
—Vamos a cambiar de altitud —dijo el piloto.
Ella cerró los ojos. Pensó en la conferencia, en haber salido con días de ventaja, en que quizás el vuelo cancelado había sido una señal.
Entonces el mareo llegó sin aviso. Un nudo en el estómago, la boca llenándose de saliva, el mundo girando demasiado rápido.
—No me siento bien… —alcanzó a decir.
Él reaccionó de inmediato, buscó una bolsa, la sostuvo frente a ella. Apenas tuvo tiempo. Vomitó, con el cuerpo doblado, temblando, como si expulsara no solo el contenido del estómago, sino el miedo acumulado desde la mañana.
—Ya pasó —le dijo él, firme—. Tranquila.
Poco a poco, el motor recuperó su ritmo. La lluvia aflojó. La avioneta dejó de temblar. Nadie habló. Solo cuando el sonido volvió a ser uniforme, ella se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
—Te dije que confiaras —susurró él.
Ella asintió, exhausta, sin saber si aquella calma era definitiva o apenas una tregua.
—Bienvenidos al Aeropuerto Internacional de La Romana, Casa de Campo.
La voz metálica sonó distante, casi irreal. La hora de viaje le había parecido una eternidad. El cuerpo le pesaba, la cabeza le latía, y lo único que deseaba era llegar al hotel que había alquilado en la Zona Colonial de Santo Domingo y dormir hasta el día siguiente.
—Te tengo una sorpresa —dijo él, apenas tocaron tierra.
Ella lo miró de reojo, exhausta.
—¿Otra más? —murmuró—. Solo quiero dormir.
Él sonrió, como quien guarda un as bajo la manga.
—Necesito que cierres los ojos y te dejes llevar.
Fluir. Dejarse llevar. Estar tranquila. Confiar.
No era su jerga favorita. Nunca lo había sido. Pero con él había tenido que aprenderla a la fuerza.
Asintió.
Apenas descendieron de la avioneta, el aire cambió. Era más tibio, más húmedo. Olía distinto. Jazmín, tal vez. O sal mezclada con vegetación. Antes de que pudiera procesarlo del todo, él colocó suavemente una venda sobre sus ojos.
—Confía —repitió.
Sintió cómo la guiaba con una mano firme en la espalda, cuidadosa. Escuchó puertas abrirse, pasos seguros, voces que no logró identificar. La acomodaron en un asiento amplio, de cuero suave. El auto arrancó con un ronroneo silencioso.
El camino fue breve, pero para ella se extendió en sensaciones: el aire acondicionado rozándole la piel aún sensible, el perfume del chofer le recordaba a Blue de Chanel, la vibración del motor como un pulso constante.
Cuando el auto se detuvo, él volvió a tomarla de la mano.
—Ya casi —susurró.
El bajo del auto tomándola de las manos. Subieron unos escalones.
Entonces él le retiró la venda.
Ante ella se desplegó una suite en Altos de Chavón: piedra antigua, balcones abiertos al vacío verde, luces cálidas que parecían ofrecerle esperanzas nuevas luego del tormentoso viaje. El lugar tenía algo de místico, de suspendido en el tiempo, como si no perteneciera del todo al presente.
Ella le regaló una sonrisa, como de fotografía, y le agradeció por no soltarla. Entendió que los verdaderos viajes no siempre se miden en kilómetros, sino en las manos que te acompañan.
MTG 27/1
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