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Carrera
Esta mañana el sol está asomado en el cielo, prestando atención plena, observándolo todo: a mi chiquito y a mí. Un casco de algún personaje infantil, tres ruedas, un mango manual que controla el triciclo de tonos rojizos y grisáceos hacen de la imagen de mi hijo un corredor experimentado.
Desde la terraza, una mujer cansada —una que puedo ser yo misma— con una pelota, una glándula inflamada, entre la cabeza y el cuello, que duele como si alguien le halara el cabello constantemente, se sienta en una silla de mimbre color terracota. Su subconsciente grita de dolor mientras sus ojos se posan con detenimiento en el niño, que muy probablemente es su hijo, que juega con su abuelo, que debe ser su padre. Hacen carreras, compiten contra el tiempo, ríen; la llaman para que los vea ganar la carrera de la vida. Ella apoya el peso sobre sus pies, se pierde en la película que pasa ante sus ojos.
Suena el teléfono.
Lo escucha a lo lejos.
Camina ligero.
Contesta.
Es del laboratorio.
El sol deja de mirar.
Alguien borra la escena.
El dolor se incrementa.
Mi carrera se detiene.
MTG 25/1
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