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Pulsión

Haaaaaah… shhhhh… haaaah… Inhala profundo por la nariz. Exhala lento por la boca. Haaaaaa… ffffff… Bip… bip… bip… —Relaja tu mente, controla tu cuerpo. Respira por la nariz y suelta por la boca. Solo piensa en el aquí y el ahora. Pronto saldrás de este hospital. Respira nuevamente. —¡Carajo, esto no me funciona! Busco el celular, acurrucado entre las sábanas florales que me trajo mi madre la última vez que pudo visitarme, el domingo. Fue hace dos días o menos. Hoy es martes, pero siento que no nos vemos desde hace meses. El tiempo se vuelve lento en este lugar; el aire se encierra y me asfixio conmigo misma. Abro mi celular flip y trato de escribir con una sola mano, la izquierda, la no dominante. Intento generar una bitácora para que, cuando pueda escribir mejor, no olvide del todo la realidad. A mi libro de memorias no le hacen falta más capítulos, pero hay que añadir cómo es tratado un paciente con TLP durante una hospitalización. ¿Habré dicho que tengo TLP? ¿Cumplimenté un recuadro...

Anzuelo

Hoy es una mañana como muchos otros amaneceres en las costas de Hatillo, Puerto Rico. La arena —crema, color café con leche— y la mar, con un azulado imponente, producto de la claridad del cielo, invaden los pasos de quienes se le acercan.

A la orilla hay pescadores tirando sus cañas, en busca de un pez que muerda el anzuelo. Yo los observo a la distancia, los escucho gritar:

—¡Pico, acércate, aquí hay muchos!

Hacen movimientos repetitivos, casi rituales: sostienen la caña con firmeza, llevan el brazo hacia atrás como quien toma impulso y, con un giro brusco de muñeca, lanzan el hilo al aire. El sedal silba, se estira, cae al agua con un plop suave, y entonces comienza la espera. Recogen un poco, sueltan, recogen otra vez… como si domaran el mar con paciencia. A ratos levantan la caña con un tirón corto, tanteando, provocando, seduciendo la mordida invisible del pez.

El sol nos irradia el camino y el viento me despeina. Se dan cuenta de que los observo detenidamente. Me saludan con un buenos días, amable, de esos que embellecen aún más el paisaje. Camino un poco más cerca de ellos. Bajo la mirada al suelo y allí yace una hielera: blanca, marcada por la sal y el uso, con la tapa medio floja. Dentro guardan el botín de la mañana —peces brillantes, todavía húmedos— sobre una cama de hielo que cruje como si fuera arena congelada.

Pienso en lo afortunada que soy de habitar esta isla: donde la naturaleza nos regala alimento, el calor humano nos envuelve en tiempos de incertidumbre y la esperanza nunca se pierde.

MTG 15/1





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