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Amuleto
Condujo una hora por carreteras angostas y serpenteantes; del espejo retrovisor de su Toyota color blanco colgaba una pequeña foto de un gato, ajada por el sol, como un amuleto. Manejó por riscos que no dejaban ver el final y montañas verdes, hasta llegar a su hogar. Segundos después de abrir la puerta del auto, cayó postrada al suelo, como quien se inclina para una plegaria.
—Hrrrk… guác—
Comenzó a devolver el medio mofongo con caldo que había intentado consumir durante el almuerzo. Se la veía pálida, sudorosa, sin fuerzas. Intentó recomponerse; con dificultad, se arrastró como una serpiente hasta llegar a la entrada. Estando allí, las llaves jugaban con ella en el peor momento, quería abrir la puerta, pero se le escurrían de las manos.
Hhh… hhh… hhh…
Se rindió y quedó dormida en el suelo. Un gato peludo, mezcla de color crema y blanco, se acercó y la lamió; ese roce tibio la despertó. Lo miró como pudo, en silencio, le tocó la cabeza a modo de agradecimiento.
Se tocó el cuello y la frente, ardían. Tenía una temperatura de ciento cuatro grados. Buscó el celular y se alarmó al ver que había dormido al menos una hora. Las llaves todavía yacían en su falda llena de vómito.
—Nngh…— Se arrodilló en el piso y se colocó sobre sus pies. —Miawww, miawww— los gatos se habían multiplicado. La observaban en modo cuidado, listos y atentos, como si pudieran alertar a alguien si ella necesitaba auxilio. Cayó al suelo inconsciente antes de poder entrar a su hogar. Lo último que recordó fue despertar en el hospital.
MTG 28/1
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