Destacado
- Obtener vínculo
- X
- Correo electrónico
- Otras apps
Mamposteado
Según el psicólogo, debo practicar la técnica del DEAR MAN para controlar mis impulsos de mandar al carajo a todo lo que se me apantalla de frente con voz alta, encendido como un plasta de infinitas pulgadas.
Al parecer, no todo conflicto requiere incendio, ni toda presencia ruidosa que invade mi espacio —y la paz trabajada con tanto esfuerzo— merece mi combustión inmediata.
Ayer fui a un restaurante criollo con amigos y mi hijo. Ordenamos aperitivos que llegaron después de que les sirvieran la comida a los comensales de la mesa de al lado, quienes habían llegado diez minutos más tarde que nosotros. El emplatado iba para largo, así que, además de la consabida chuleta can-can y la longaniza que tanto le gusta a Amir, pedimos una pechuga a la mexicana.
¿A quién se le ocurre pedir una pechuga a la mexicana en un país que no es México y, para completar, sin leer los ingredientes previamente?
De acompañante, un arroz mamposteado de la casa que incluía carne mechada emborujada entre vegetales de colores.
—Disculpen —nos dicen de la cocina—, no tenemos disponible el arroz. La pechuga está lista. ¿Qué complemento desean?
—Pero es que yo quería ese arroz.
El caliente ya me subía a la cabeza y, cuando eso pasa, la boca se activa automáticamente para disparar cualquier improperio. Mi amiga rescató la situación practicando el DEAR MAN, ese que a mí no me funciona del todo.
—Para que no todo esté perdido, sírvanla con arroz y habichuelas.
Mi cara era de disgusto, aunque intentaba disimularlo. Calmaba mi mente repitiéndome: es Navidad, estamos compartiendo, al menos tenemos comida. Hay millones de personas que mueren de hambre en el mundo.
Minutos después, el mesero desfiló de la cocina a nuestra mesa con la pechuga a la mexicana: empanada, coronada con una ensalada de cangrejo congelada, cebollas y pimientos trozados. Nunca comprendimos qué tenía de mexicana aquella pechuga, pero con una leve sonrisa la troceé y me llevé un buen bocado a la boca.
—Está fría. Imposible de comer —grité, mientras sentía el rostro arder y el cuerpo con ganas de usar el plato como frisbee.
Devolvimos el plato y, al final, no lo cobraron. Pero fueron muchas las veces en que me destrocé en aquella cena queriendo desaparecer: como lechón grasiento devorado por la familia en Año Nuevo, o como coquito ingerido de un sorbo, como si fuera juguito. Al final del día, lo único que escuchaba era la voz del psicólogo explicándome el DEAR MAN.
—El DEAR MAN es una forma civilizada, estructurada y emocionalmente regulada de poner límites sin dinamitar el entorno ni quedarme luego recogiendo escombros internos.
Respirar.
Describir.
Expresar.
Pedir.
Reforzar.
Una coreografía exacta para no gritar lo que arde, para no dejar que la garganta se convierta en arma blanca.
La idea es hablar sin que la sangre hierva, sostener la mirada sin encender la mecha, pedir sin disculpar la existencia propia.
Ser firme sin ser volcán.
Ser clara sin ser cuchilla.
¿Cómo hacer eso en medio del caos? Admiro a las personas que logran mantenerse civilizadas en momentos como estos.
Difícil tarea esta de domesticar el impulso, pensando en el querido hombre, ese DEAR MAN que me pide calma cuando el caos ya se sentó a la mesa.
MTG 30/12
- Obtener vínculo
- X
- Correo electrónico
- Otras apps

Comentarios
Publicar un comentario