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Intersticio
—Grace, espérame, no corras tan rápido —le gritaba Melisa.
—¡A que no me alcanzas! —respondía Grace mientras se alejaba como gacela, fugaz y sin mirar atrás, hasta llegar a la cancha para la clase de educación física.
Grace y Melisa se conocieron cuando ambas cursaban grados secundarios, a los doce años de edad. Desde el primer día de clases en la escuela frente a la costa arecibeña, las adolescentes comenzaron a tejer una amistad que parecía tan natural como la brisa que atravesaba los pasillos abiertos del plantel. El aire salino se mezclaba con el olor persistente del mar y el sonido constante de las olas rompiendo contra las rocas, como un testigo silencioso de risas, secretos y promesas que las unían.
Grace tenía una cabellera negra, larga y lacia que se movía con el viento, tez clara y ojos achinados color café que parecían observarlo todo con una viveza inquieta, cargada de picardía y energía. Melisa, en cambio, poseía un cabello ondulado que caía sin orden sobre sus hombros, una mirada intensa y enigmática, y una piel dorada, como si el sol se hubiera detenido un poco más en ella.
Durante los recreos se sentaban en el muro que daba al océano, con las medias arremangadas y los zapatos colgando de los dedos.
—Saqué cien en matemáticas —dijo Grace, balanceando los pies.
—Obvio —respondió Melisa—. A ti los números se te dan bien.
—No tanto como a ti las letras —sonrió—. Vi tu ensayo de español.
—La profesora dijo que escribo como si ya supiera cosas que todavía no he vivido.
—Eso es escribir bien.
Grace la miró de reojo.
—¿Te duele todavía lo de tus papás?
Melisa lanzó una piedra al mar y observó cómo desaparecía entre las olas.
—A veces. Más cuando en la escuela todos hablan de familias como si fueran perfectas.
—El año pasado fue raro para ti.
—Para todos —respondió—, pero a mí me tocó el divorcio de mis padres y el cambio a esta nueva escuela.
Ambas se abrazaron.
Estas conversaciones eran la norma durante el recreo. Hablaban de maestros estrictos, de los cuerpos que comenzaban a cambiar sin permiso, de amores imaginados, de futuros que todavía no sabían nombrar. El mar escuchaba. El tiempo también corría.
—¿Grace… eres tú? Ha pasado tanto tiempo. ¿Cuánto? ¿Veinte años?
—Sí. No puedo creer que nos reencontremos aquí luego de veinticinco años.
—¿Qué ha sido de tu vida? Intenté llamarte, pero no logré encontrarte.
—Perdí todo contacto cuando me mudé con mi madre a Estados Unidos. Con el divorcio, ella tuvo que emigrar en busca de un mejor trabajo.
—¿Cómo está ella?
—Falleció tres años después de habernos mudado.
—Qué triste. Lo siento mucho.
—Sí. Estuve con una familia de acogida. No fue tan malo. Logré estudiar literatura.
—¿Y cuándo regresaste?
El psicólogo interrumpió la conversación, invitando a Grace a pasar a la terapia. Llevaba tres meses asistiendo al consultorio, desde que decidió poner fin a un matrimonio marcado por el control constante, la desvalorización diaria y un desgaste silencioso que fue apagando su voz. Él alternaba periodos de aparente ternura con estallidos de ira, cuestionaba su memoria, minimizaba sus logros y la hacía dudar de su propio juicio. Grace llegó a ese consultorio con el cuerpo tenso y la mente fragmentada, aprendiendo lentamente a nombrar lo que había vivido.
Al salir, se despidió de Melisa intercambiando números de teléfono. Melisa aguardaba para entrar por primera vez a terapia, sentada al borde de la silla, con las manos entrelazadas y la mirada fija en el suelo, como si temiera que alguien volviera a desaparecer.
—Melisa, puedes pasar.
—Gracias.
—¿Por qué estás aquí?
Melisa respiró hondo. Habló de la separación de sus padres, de cómo el hogar se volvió un lugar inestable, de la muerte de su madre poco después y del silencio de un padre que, con el tiempo, dejó de llamar. Contó que fue enviada a un hogar de acogida, que aprendió a adaptarse rápido, a no molestar, a encariñarse con cautela. Dijo que no tenía pareja, que le costaba confiar, que a veces sentía demasiado y otras no sentía nada. Que temía el abandono, pero también la cercanía. Que pasaba de la euforia a la tristeza sin entender cómo. Que escribía para no romperse.
El reloj sonó y la sesión llegó a su fin sin que hubiera respuestas claras. El psicólogo cerró la libreta con calma, como si aún midiera qué decir.
—Antes de irte —añadió—, ¿conoces a Grace?
Melisa levantó la mirada, sorprendida.
—Sí. Fue mi amiga en la escuela intermedia.
Él asintió despacio, casi complacido.
—Interesante. A veces las relaciones del pasado reaparecen cuando uno está vulnerable.
Hizo una pausa, calculada.
—Cuídate de ella.
—¿Por qué? —preguntó Melisa.
El psicólogo sonrió; una sonrisa leve, ambigua.
—Solo… debes cuidarte de todos para no sufrir más. Especialmente de quienes creen conocerte.
Soltó una carcajada breve, casi tímida.
—Para eso estoy aquí, para cuidar ese corazón.
Melisa salió del consultorio con una sensación extraña en el pecho, dividida entre la duda y la calma que le ofrecía saber que él estaría disponible para ella.
Dos días después, Grace llamó.
—¿Todo bien?
—Sí… creo que sí.
—¿Cómo te fue con el psicólogo?
—Me fue bien. Es muy lindo —rió—.
—Hermoso por dentro y por fuera. Te tengo que confesar algo.
—Dime. Te escucho.
—Llevo un mes saliendo con él. Voy a las citas cada dos semanas, de forma discreta, como cualquier paciente, porque eso nos excita. Esa relación paciente–doctor hace que… ya sabes.
Un silencio incómodo se instaló en la llamada. No que debía cuidarme de ella, pensó.
—¿Sigues ahí?
—Disculpa, tengo una visita —mintió Melisa—.
—Te llamo luego.
No había visto a Grace en años. Las personas cambian, habló para ella en voz baja. Quizás ya no era tan confiable como antes. Quizás él la dejaría pronto. O quizás no.
Pasaron dos semanas. En su segunda cita, Melisa volvió a encontrar a Grace en la sala de espera, como era lo habitual cada dos semanas.
—Amiga, no me llamaste.
—Disculpa, estuve ocupada.
—Grace, puedes pasar —llamó el psicólogo.
Dentro del consultorio, el aire parecía más denso. La puerta se cerró con un clic suave.
El sillón fue testigo de la sesión: respiración cercana, complicidad, labios rozando cada rincón del cuerpo, mordidas suaves, humedad lujuriosa.
Luego de que ambos se sintieron satisfechos, él le tomó la mano unos segundos más de lo necesario. Se acercó a su oído y le habló en voz suave:
—Amor, debes tener cuidado con esa amiga tuya, Melisa. Las cosas que me confesó en la última sesión te ponen en peligro. Yo solo quiero cuidarte. Sabes que eres la mujer que amo.
Grace le tocó la nariz con un dedo, le apretó el cachete con complicidad.
—Sí, amor. Haré lo que tú digas.
Al salir, esta vez no se encontró con Melisa; ella estaba en el baño. Grace abrió la puerta y salió. Respiró profundo y murmuró: "qué bueno que no tuve que encontrarme con ella; no sabría cómo reaccionar".
—Melisa, puedes pasar.
Se sentó en el sillón con los ojos llorosos. Pensaba en su amiga y en que tuvo que mentirle sobre la llamada.
—¿Cómo has estado?
Melisa no pudo hablar. El llanto llegó sin palabras. Él la rodeó con los brazos. El contacto fue largo, excesivo, confuso. Por un instante, ese abrazo se sintió como cuidado. Luego pensó que era algo más, algo que no podía definir.
Y así, aquel psicólogo comenzó a tensar un hilo invisible entre ellas.
Las hizo dudar.
Las hizo mirarse distinto.
Las hizo creer que, quizá, la única persona verdaderamente segura en aquella habitación… era él.
Durante meses compartió con las dos en el consultorio, con horarios separados. A cada una le habló del peligro que representaba la otra. Les ofreció cuidado, comprensión y llenó sus carencias particulares. Ninguna supo que ocupaba el mismo lugar en la historia de la otra.
Las antes amigas nunca volvieron a hablar del tema. No se volvieron a nombrar.
El consultorio cerró tiempo después. Un grupo de pacientes féminas lo había demandado. Nuevamente el mundo se les cayó a las amigas; ambas vivían desde la incredulidad su pérdida.
Grace cambió de número.
Melisa se mudó a España.
El mar de Arecibo seguía allí, rompiendo las rocas. A veces, al pasar por la antigua escuela frente al mar, Grace recordaba a Melisa, las carreras, las risas, el muro con la esperanza del reencuentro.
MTG 21/12
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