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Espejismo

Otra vez me encuentro rozando esa fina línea entre la realidad y la virtualidad, intentando encontrar el amor en una pantalla, y hallando únicamente inmediatez, fugacidad, ausencia de compromiso y una profunda desilusión. Otra vez me cuestiono si debo cerrar la aplicación o seguir prostituyéndome sin ganancias, dejando que hombres ajenos decidan cuánta belleza ostento o qué arreglos debo hacerme para lucir como ellos quieren. Otra vez me desilusiona abrirme a la absurda honestidad de mi vida; contarles sobre mis trastornos, mis logros, mis sueños y mis alegrías. Leer y escuchar cómo se llenan la boca de elogios por un par de horas y, al caer la noche, el sueño se lleva mi nombre de sus pensamientos. MTG 22/3

Evitación

 —Quiero una relación de pareja, pero también deseo tiempo para mí, para lograr mis metas, mis sueños, seguir viajando, ver realizado todo por lo que he trabajado.

—Por lo que me dices, no creo ser la mujer que buscas para una relación. Yo necesito cercanía, buena comunicación, compartir, viajar en pareja, construir en conjunto.

—Yo entiendo. Soy muy comunicativo. Siempre que esté de viaje te diré dónde estoy; algunas veces por mensaje y otras por llamada. Quizá en la mañana o en la noche. Pero requiero mi espacio; es importante para mí.

—Eso me suena a apego evitativo. Lo siento, pero nuevamente te digo que no soy lo que buscas. Estoy segura de que la encontrarás.

—¿Podemos al menos ser amigos?

Respiro. Analizo. Envío el emojicon del pulgar en señal de asentimiento: un gesto automático, casi educado, que no compromete nada.
Entro a mis contactos y lo elimino.
Hago lo mismo en Facebook Dating.

Deslizo mis dedos hasta encontrar nuestra primera conversación en la aplicación. Antes de borrar cualquier rastro de esos dos días, la leo detenidamente. Ausculto las banderas rojas.

Su primera pareja formal la tuvo a los veintinueve años.
¿Pero él tiene veintinueve ahora?
Entonces, ¿cuánto duró? ¿Dos meses?

Recuerdo mi último intento de relación y se me hace imposible no comparar.
Hombre de treinta y nueve años, con un historial mínimo de parejas. Quería una relación conmigo, pero amaba su tiempo libre. Desaparecía y luego reaparecía como si nada hubiera pasado.

No quiero eso para mí.

¿Destino? ¿Casualidad? Ambos miden cinco pies, pesan menos de ciento veinte libras —incluso con la ropa húmeda del agua salina del mar Caribe—, creativos, sensibles. Coincidencias suficientes como para no tentar al error.

Al menos esta vez, el intento de relación duró menos de dos días.
Con mi ex fueron meses.

El teléfono suena.

Es un timbre breve, urgente, como si no supiera si quedarse o irse. Vibra en mi mano. En la pantalla no aparece ningún número.

—Hola, soy yo.

—¿Yo? ¿Quién?

Dice su nombre. No lo reconozco. Ni el nombre ni la voz.

—Soy el muchacho de la aplicación de Facebook.

—¿Cuál de todos?

—Con el que estabas whatsappeando hace unos minutos.

—Ah. Ya. ¿Qué deseas?

Silencio. Un segundo demasiado largo. Luego, un suspiro.

—Una relación contigo.

Me río. No por gracia, sino por desconcierto. Una risa breve, defensiva.
Pienso en el espacio que dijo necesitar.
En mis propias necesidades emocionales, atravesadas por mi trastorno.

—Te dije que no soy la mujer que necesitas en tu vida. Ni siquiera me has visto.

—Dame una oportunidad. Conóceme mejor. Vamos a vernos. ¿Dónde podemos vernos hoy mismo?

Me quedo en silencio. El evitativo ahora pide presencia. El hombre que necesitaba espacio no tolera la distancia.

—No soy lo que buscas —repito, por última vez.

Del otro lado de la línea, el silencio se vuelve incómodo. De esos que hablan más que todas las palabras del universo.

—¿Sabes qué? —digo al fin—. Creo que estuve confundida todo este tiempo. No sé qué es lo que tú buscas, pero yo sí sé algo: tú no eres lo que yo quiero en mi vida.

Cuelgo.

MTG 28/12





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