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Efluvio
Abren la puerta del susodicho lugar de café, ese que comienza con “S” de sorbo. Nuestras miradas se cruzan; mi ubicación es ideal, justo en la mesa que da de frente a la entrada. Mis ojos automáticamente descienden a sus camisas colores pasteles con la insignia del gobierno de nuestra isla que no termina de nombrarse, de reconocerse libre.
Siento cómo la frente se me frunce sin permiso; los dientes se aprietan en un gesto que sube desde la mandíbula como un temblor contenido, y mis ojos se tornan rojizos. No sé quiénes son, pero detesto la sensación que me provocan, ese estremecimiento antiguo que me sube por la espalda como si despertara un recuerdo que no quiero volver a mirar.
Es la politiquería, las palas para conseguir un empleo, el alza eterna en la factura de la luz, la corrupción institucionalizada; es el cinismo con el que caminan como si fueran accionistas mayoritarios del país, pavoneándose con un orgullo tan inflado que ni un machete de jíbaro lo baja a tierra.
Compran el café y se van sin mirar a nadie, sin sonreír, dejando tras de sí un olor a buitres carroñeros, a papeleo rancio y oficinas revestidas de un falso oro manchado por las lágrimas de los puertorriqueños empobrecidos. Esa peste gubernamental que se pega como humedad en casa vieja y que una quisiera espantar con un rezago de dignidad… o con un buen abanico de mano, porque el aire acondicionado ya es un lujo imposible de pagar en "PeErre".
MTG 2/12
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