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Colágeno
Recién un nene de veinticuatro años se contactó conmigo en plan de flirteo, con intenciones de una cita romantiquera. Nunca, en mis treinta y cinco —camino a los cuarenta—, he salido con alguien menor que yo. Entre sus primeras frases apareció la palabra sexo y, en ese instante, pensé: ¿será que el colágeno me necesita como mentora para enseñarle técnicas avanzadas de trepar la cama con la luz apagada sin fracturarme la vida? ¿Volar con las piernas abiertas sin perder el oxígeno? ¿Cabalgar a alta velocidad previniendo que el caballo fuera a morir? ¿O sentir el mar interno desbordándose en cascadas, cual Yunque tropical en temporada de lluvias?
¿O, por el contrario, seré yo quien lo necesita a él para sentirme joven otra vez?
¿Para morder una salchicha recién sacada del BBQ, tensa, caliente y virtuosa… y no una que, olvidada en el plato, ya perdió firmeza y se dobla sin resistencia?
Alguien tenía que actuar como adulta. Tomé valor y le escribí mis cualidades más bonitas, a ver si tomaba vuelo y se anidaba en otro nido. Tengo treinta y cinco años, soy madre autónoma, doctora en filosofía y actualmente desempleada. Pensé que lo ahuyentaría con clase, sin herir su ego o sentimientos. Pero sigue escribiendo, buscando que sea la primera doña en su lista de clavadas.
MTG 29/12
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