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Pulsión

Haaaaaah… shhhhh… haaaah… Inhala profundo por la nariz. Exhala lento por la boca. Haaaaaa… ffffff… Bip… bip… bip… —Relaja tu mente, controla tu cuerpo. Respira por la nariz y suelta por la boca. Solo piensa en el aquí y el ahora. Pronto saldrás de este hospital. Respira nuevamente. —¡Carajo, esto no me funciona! Busco el celular, acurrucado entre las sábanas florales que me trajo mi madre la última vez que pudo visitarme, el domingo. Fue hace dos días o menos. Hoy es martes, pero siento que no nos vemos desde hace meses. El tiempo se vuelve lento en este lugar; el aire se encierra y me asfixio conmigo misma. Abro mi celular flip y trato de escribir con una sola mano, la izquierda, la no dominante. Intento generar una bitácora para que, cuando pueda escribir mejor, no olvide del todo la realidad. A mi libro de memorias no le hacen falta más capítulos, pero hay que añadir cómo es tratado un paciente con TLP durante una hospitalización. ¿Habré dicho que tengo TLP? ¿Cumplimenté un recuadro...

Ciclos

Era un día de diciembre en la casa habitada por un padre setentón y su hija en las alturas de la colina. Las pocas hojas secas caían de los árboles, revoloteando como aves que emigran a toda velocidad. Los copos de nieve comenzaban a inundarlo todo; se adherían al tronco antes de derretirse y desaparecer por completo.

—Papá, nos queda poca leña y anunciaron una tormenta de nieve para hoy.

—Tienes razón —respondió—. Iré a cortar un poco más.

El frío se volvió irresistible, obligándolo a empuñar su hacha, afilada y pesada, y a avanzar con pasos temblorosos pero firmes hasta alcanzar el tronco desnudo, despojado ya de hojas y de nieve. Al ceder, la madera se quebró con un crujido seco y el tronco cayó de forma torpe, golpeándole la pierna.

—¡Ah…! —el grito se le escapó áspero, quebrado—.

La sangre tibia se abrió paso entre la ropa invernal; el suelo cubierto de nieve la absorbió en silencio. Una última hoja, rezagada, descendió lentamente y se detuvo sobre su frente.

Permaneció allí unos minutos, tendido, sollozando, escuchando su respiración agitada mezclarse con el crujido lejano del invierno. El dolor le arrancaba gemidos bajos, involuntarios, mientras intentaba incorporarse sin lograrlo.

Su hija, al oír el quiebre y los lamentos, salió de la casa como una ráfaga empujada por el miedo, atravesando la nieve sin sentir el frío.

—Papá… —dijo al verlo—. Te hiciste un tajo grande, pero estarás bien, ¿sí?

El hombre apretó los labios, el rostro contraído, dejando escapar un suspiro largo y tembloroso, mientras el dolor le recorría la pierna como un fuego lento.

Con dificultad, ella lo sostuvo y, paso a paso, lo condujo hasta el sillón junto a la chimenea, encendida con la poca leña que aún quedaba.

El hombre la miró a los ojos y le dijo en voz baja:

—Hoy entendí que la vida no avanza en línea recta. Se compone de caídas, de pérdidas, de desprendimientos.

Ella asintió mientras limpiaba la herida.

—Así es, papá. Los árboles sueltan sus hojas, la nieve cae y se desvanece, la madera arde para darnos calor. Nada permanece intacto, pero todo cumple su ciclo.

El hombre cerró los ojos un instante y añadió, con la voz serena pese al dolor:

—Aun heridos, debemos incorporarnos, sostenernos en lo que nos queda y seguir. Gracias por estar en mi vida.

MTG 14/12







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