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Ajo
—Hija, ven, acompáñanos.
La cocina estaba impregnada de un olor fuerte y picante que me golpeó apenas puse un pie frente al pilón de madera, herencia de la abuela. Allí estaban reunidas las matriarcas, pelando y machacando aquellos dientes brillantes y húmedos que, bajo el peso del mazo, se rendían hasta convertirse en una pasta amarillenta. Cada golpe liberaba un aroma ancestral y, con él, el canto: “Ajo bendito, luz encendida, guarda la casa, sana la herida…”.
Yo no entendía muy bien lo que cantaban ni su significado, pero tarareaba la letra. Lo que sí tenía muy claro era lo que mis sentidos presenciaban: esa mezcla de pimientos de colores rojos, verdes, anaranjados y amarillos, cebolla y recao, picados a mano en trozos diminutos, junto con los ajos que se pegaban a los dedos y perfumaban el aire para hacer el sofrito. Ese que usarían la víspera de Navidad para preparar el arroz con gandules al fogón.
Nuestra cocina siempre olía a ajo; según las mujeres de mi familia, servía para ahuyentar los malos espíritus, sanar el cuerpo y darle alma a la comida isleña.
MTG 11/12
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