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Espejismo

Otra vez me encuentro rozando esa fina línea entre la realidad y la virtualidad, intentando encontrar el amor en una pantalla, y hallando únicamente inmediatez, fugacidad, ausencia de compromiso y una profunda desilusión. Otra vez me cuestiono si debo cerrar la aplicación o seguir prostituyéndome sin ganancias, dejando que hombres ajenos decidan cuánta belleza ostento o qué arreglos debo hacerme para lucir como ellos quieren. Otra vez me desilusiona abrirme a la absurda honestidad de mi vida; contarles sobre mis trastornos, mis logros, mis sueños y mis alegrías. Leer y escuchar cómo se llenan la boca de elogios por un par de horas y, al caer la noche, el sueño se lleva mi nombre de sus pensamientos. MTG 22/3

Ajo

—Hija, ven, acompáñanos.

La cocina estaba impregnada de un olor fuerte y picante que me golpeó apenas puse un pie frente al pilón de madera, herencia de la abuela. Allí estaban reunidas las matriarcas, pelando y machacando aquellos dientes brillantes y húmedos que, bajo el peso del mazo, se rendían hasta convertirse en una pasta amarillenta. Cada golpe liberaba un aroma ancestral y, con él, el canto: “Ajo bendito, luz encendida, guarda la casa, sana la herida…”.

Yo no entendía muy bien lo que cantaban ni su significado, pero tarareaba la letra. Lo que sí tenía muy claro era lo que mis sentidos presenciaban: esa mezcla de pimientos de colores rojos, verdes, anaranjados y amarillos, cebolla y recao, picados a mano en trozos diminutos, junto con los ajos que se pegaban a los dedos y perfumaban el aire para hacer el sofrito. Ese que usarían la víspera de Navidad para preparar el arroz con gandules al fogón.

Nuestra cocina siempre olía a ajo; según las mujeres de mi familia, servía para ahuyentar los malos espíritus, sanar el cuerpo y darle alma a la comida isleña.

MTG 11/12



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