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Rizos
Ondulado, con rollitos dorados que subían y bajaban como dos niñes jugando al subibaja.
Así se desarrolló mi cabello durante mis primeros años de vida; una selva indomable donde cada rizo guardaba el eco de mis ancestras.
La plancha —artefacto matador de rizos— llegó a mí cuando tenía trece años, con la idea de ponerme el pelo bueno. Me lo mató, como quien corrompe, quema y destruye una ilusión. Alisarme fue domar mi historia, ponerle silencio a la voz que gritaba desde mis raíces.
En la juventud, mi cabello se volvió campo de batalla entre la aceptación y el deseo de encajar.
Tinte. Tenazas. Cremas. Detergentes amoniacados para el cabello. Cada producto, cada gota de tinte, era una mentira líquida infiltrándose hasta las entrañas; esa necesidad de blanquearme, de ser un poco más rubia.
Hoy, regresar a mis rizos fue reencontrar mi respiración natural, como si mi cabeza por fin recordara el viento. Puedo sentir a mis ancestras en cada hebra de mi cabello, en el movimiento la libertad y en la aceptación la plenitud.
Todos los cabellos son buenos.
MTG 8/11
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