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Pulsión

Haaaaaah… shhhhh… haaaah… Inhala profundo por la nariz. Exhala lento por la boca. Haaaaaa… ffffff… Bip… bip… bip… —Relaja tu mente, controla tu cuerpo. Respira por la nariz y suelta por la boca. Solo piensa en el aquí y el ahora. Pronto saldrás de este hospital. Respira nuevamente. —¡Carajo, esto no me funciona! Busco el celular, acurrucado entre las sábanas florales que me trajo mi madre la última vez que pudo visitarme, el domingo. Fue hace dos días o menos. Hoy es martes, pero siento que no nos vemos desde hace meses. El tiempo se vuelve lento en este lugar; el aire se encierra y me asfixio conmigo misma. Abro mi celular flip y trato de escribir con una sola mano, la izquierda, la no dominante. Intento generar una bitácora para que, cuando pueda escribir mejor, no olvide del todo la realidad. A mi libro de memorias no le hacen falta más capítulos, pero hay que añadir cómo es tratado un paciente con TLP durante una hospitalización. ¿Habré dicho que tengo TLP? ¿Cumplimenté un recuadro...

Resistir

Las gotas de sudor bajan por la sien, haciendo del cuerpo un lienzo;
el cuello está húmedo, como recién salido de la tina.

Los mosquitos se preparan como si fueran caballos en una carrera de apuestas.
Intentan devorar cada parte de mi acalorado cuerpo.

Me levanto y prendo la linterna;
la luz blanca tiembla sobre las paredes, revelando mi cuerpo sudado.

Camino, voy a la sala,
de la sala al baño,
del baño al cuarto.

La noche está silente.
Solo escucho los mosquitos y las gotas de sudor callando.
Pienso quién los invitó.
Nadie.
Se invitaron solos.

Regreso al cuarto, reviso el celular;
se desvanece, casi no le queda batería.

Comienzo a dar vueltas por la cama;
por unos segundos me tiro la sábana encima para alejar los mosquitos.

Me siento como pastel de guineo en plena Navidad boricua,
sazonada, envuelta y caliente.

Río entre mí, recordando el dicho
de que a mal tiempo, buena cara.

Pienso en si me dejo comer por los mosquitos
o resistirme al calor que me derrite lentamente.

No quiero ninguna de las dos,
ni al calor ni a los mosquitos.

Me levanto nuevamente, voy a la cocina,
abro la nevera con la esperanza de encontrar algo frío,
una bebida de coco refrescante que había puesto el día antes.

Pero se desvanece,
el líquido transparente, rico en electrolitos,
yace caliente en un espacio de la nevera.

Abro el freezer,
y con él baja una cascada de hielo derretido
que empapa todo el piso.

Me doblo,
sostengo mi cuerpo en el charco
y allí quedo dormida.

Ya hace más de siete horas que la luz se fue
en Arecibo, Puerto Rico,
y aún no llega.

MTG 3/11




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