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Psicólogo
Una sexóloga, siete psicólogas, un psicólogo… y hoy se suma otro más.
Las sillas verdes, las pancartas feministas y las bandanas a favor del aborto quedaron atrás, en mi cita anterior. Hoy entro a una oficina fría, casi clínica, vestida de tonos sobrios: blancos, cremas y grises que parecen tragarse cualquier emoción. No hay nadie más. Solo yo y el escritorio vacío de la secretaria que aún no ha llegado. El psicólogo apenas abrió la puerta, me entregó los papeles que debía completar y se desvaneció en algún pasillo. Mi cita es a las 10 a.m., pero estoy aquí una hora antes. Porque mis nervios siempre llegan primero.
Respiro.
Llorar, respirar, contar mi historia otra vez.
Pero esta vez a un hombre.
¿Por qué a un hombre?
Solo imaginar su presencia activa las memorias que tanto intento sepultar. Su aroma —o la idea de él— ya me encoge el pecho. Mi mente corre… o quizá no debería decir “corre”, porque eso mismo me viene a la mente: los hombres corriendose sobre mí, dentro de mí, sin permiso. Lo pensé incluso antes de salir de casa. Me miré al espejo y me dije: “Estoy recatada. Que no me mire. Que solo escuche.”
Me siento en silencio, con las manos apretadas sobre las piernas, intentando no temblar.
Preparándome para abrir otra vez la herida, aun cuando no sé si tengo fuerzas para sostenerla.
MTG 17/11
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