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Picasso
Luego de algunos meses sin vernos, nuestros ojos se encontraron de nuevo, entrelazándose en un baile simétrico al compás de las obras de Picasso.
En esa tarde soleada en Arecibo, la Villa del Capitán Correa, al poner nuestros pies en la exposición, nuestras manos intentaban mantener la distancia, esa misma distancia que habíamos prolongado a propósito para calmar nuestros corazones y que no se desbocaran al vernos de nuevo.
Las litografías, grabados y dibujos del gran artista español acentuaban aún más ese espacio entre nosotros, convirtiéndose en testigos silenciosos de la espiritualidad que solo el buen arte despierta en dos amantes artistas que un día estuvieron enamorados.
Entre las descripciones de lo que teníamos frente a nuestras pupilas, el aroma a sal de mar que me provoca su presencia, las risas coquetas, los recuerdos de lo que alguna vez fuimos y esa mezcla de nostalgia y alegría por el reencuentro, nuestros cuerpos terminaron por tocarse de nuevo sin pedir permiso.
Recuerdo que estábamos tan nerviosos que nos sentamos en un banco de madera color caoba para apreciar la colección Les Bleus de Barcelona. Allí, en ese espacio, lentamente nuestras manos se entrelazaron; nuestras bocas se buscaron como quien persigue un sabor conocido, apetecible, agradable aún con el paso del tiempo.
Picasso fue testigo ese día y grabó en sus azules la chispa que renace cuando dos cuerpos que se conocen de memoria vuelven a encontrarse en el arte… y en sí mismos.
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