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Pulsión

Haaaaaah… shhhhh… haaaah… Inhala profundo por la nariz. Exhala lento por la boca. Haaaaaa… ffffff… Bip… bip… bip… —Relaja tu mente, controla tu cuerpo. Respira por la nariz y suelta por la boca. Solo piensa en el aquí y el ahora. Pronto saldrás de este hospital. Respira nuevamente. —¡Carajo, esto no me funciona! Busco el celular, acurrucado entre las sábanas florales que me trajo mi madre la última vez que pudo visitarme, el domingo. Fue hace dos días o menos. Hoy es martes, pero siento que no nos vemos desde hace meses. El tiempo se vuelve lento en este lugar; el aire se encierra y me asfixio conmigo misma. Abro mi celular flip y trato de escribir con una sola mano, la izquierda, la no dominante. Intento generar una bitácora para que, cuando pueda escribir mejor, no olvide del todo la realidad. A mi libro de memorias no le hacen falta más capítulos, pero hay que añadir cómo es tratado un paciente con TLP durante una hospitalización. ¿Habré dicho que tengo TLP? ¿Cumplimenté un recuadro...

Perfección

Perfección.

Perfección.

Perfección.

El juego se convierte en perdición.

Se vuelve un laberinto sin salida, una cuerda que aprieta más cuando intento soltarla.

Vestimenta de indio puertorriqueño.

Entrar al internet.

Buscar información.

Descargar imágenes.

Comprar tela.

Seleccionar la tela correcta.

Intentar hacer el vestuario.

No sale el vestuario.

Respirar hondo. Volver a intentarlo. Sentir que el tiempo corre más rápido que mis manos.

Conseguir dónde lo venden.

Hacer la fila.

Esperar.

Pagar.

Perfección.

Perfección.

Perfección.

La voz que nunca se calla, que reclama, que acusa, que duele.

Día de la puertorriqueñidad.

Ese deseo de ser una madre perfecta, entregada, la que siempre resuelve, la que siempre llega a tiempo, la que siempre se sacrifica… se transforma en una presión que me aprieta el pecho y me activa el trauma.

Llegar a la escuela y ver que los demás estudiantes, en su mayoría, andan vestidos de indios americanos.

Plumas de colores, cintas brillantes, flecos sintéticos… nada que ver con la vestimenta taína que pedía la actividad.

¿Acaso las madres no siguieron las instrucciones?

¿Acaso no saben leer?

¿Acaso no buscaron información sobre cuál era la vestimenta correcta?

Entonces respiro y entiendo que no, no es eso.

Es que todas, igual que yo, estamos sobreviviendo como podemos. Y a veces, lo que hacemos —aunque esté mal según el papel— es lo mejor que pudimos lograr ese día.

Perfección.

Perfección.

Perfección.

Y mientras tanto, yo, tratando de no perderme dentro de esa perdición que nace del deseo imposible de hacerlo todo bien.

Al final, lo que realmente importa es su felicidad.

MTG 14/11



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