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Perfección
Perfección.
Perfección.
Perfección.
El juego se convierte en perdición.
Se vuelve un laberinto sin salida, una cuerda que aprieta más cuando intento soltarla.
Vestimenta de indio puertorriqueño.
Entrar al internet.
Buscar información.
Descargar imágenes.
Comprar tela.
Seleccionar la tela correcta.
Intentar hacer el vestuario.
No sale el vestuario.
Respirar hondo. Volver a intentarlo. Sentir que el tiempo corre más rápido que mis manos.
Conseguir dónde lo venden.
Hacer la fila.
Esperar.
Pagar.
Perfección.
Perfección.
Perfección.
La voz que nunca se calla, que reclama, que acusa, que duele.
Día de la puertorriqueñidad.
Ese deseo de ser una madre perfecta, entregada, la que siempre resuelve, la que siempre llega a tiempo, la que siempre se sacrifica… se transforma en una presión que me aprieta el pecho y me activa el trauma.
Llegar a la escuela y ver que los demás estudiantes, en su mayoría, andan vestidos de indios americanos.
Plumas de colores, cintas brillantes, flecos sintéticos… nada que ver con la vestimenta taína que pedía la actividad.
¿Acaso las madres no siguieron las instrucciones?
¿Acaso no saben leer?
¿Acaso no buscaron información sobre cuál era la vestimenta correcta?
Entonces respiro y entiendo que no, no es eso.
Es que todas, igual que yo, estamos sobreviviendo como podemos. Y a veces, lo que hacemos —aunque esté mal según el papel— es lo mejor que pudimos lograr ese día.
Perfección.
Perfección.
Perfección.
Y mientras tanto, yo, tratando de no perderme dentro de esa perdición que nace del deseo imposible de hacerlo todo bien.
Al final, lo que realmente importa es su felicidad.
MTG 14/11
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