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Oficio
Levantarme.
Hacerle desayuno al nene.
Caminar hacia el escritorio.
Aterrizar el culo sobre la silla acogedora.
Prender la computadora.
Pensar. Pensar. Pensar.
Escribir.
Ofrecer apoyo académico.
Ponerme sobre mis pies.
Abrir la nevera.
Sacar la olla con el arroz con salchicha de ayer.
Cerrar la nevera.
Encender la flama de la estufa.
Fuego. Caliente. Alto.
Tomo el celular, entro a Facebook.
Hoy ningún hijo de puta de los que intentan un amorío conmigo me ha escrito.
El arroz está listo.
Lo sirvo, se lo sirvo en un plato pequeño pero profundo, color azul claro.
El aroma a comida despierta mi apetito.
Pero lo olvido.
Tengo que trabajar.
Me acomodo nuevamente en la silla.
Pienso. Escribo. Escribo. Pienso.
Analizo.
Me levanto, camino al baño. Subo mi traje de cuadros en colores pasteles.
Bajo mi panti—de esas de adulta mayorcita, ancha, gastada de tantas lavadas, la que solo uso para estar en casa.
Me siento en el trono —mi pausa no negociable, el acto que no puedo delegarle a nadie— y comienzan a bajar los chorros de orina como una fuente,
de tanto aguantar el deseo.
Se hacen las seis de la tarde y sigo trabajando.
Hoy trabajo de más,
porque hay días en que la insalubre salud mental me acorrala contra la pared,
me respira en la nuca
y no me deja sentarme a producir.
Pienso, escribo, analizo...
MTG 18/11
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