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Legado
Mi mamá me mostró la escuela por primera vez cuando mis ojos aún jugaban con el agua de su útero.
Al nacer, fue el primer lugar que reconocí como mío.
Con tan solo tres años, viajaba junto a ella desde Isabela hasta Camuy, monte adentro, por un camino empinado, lleno de curvas angostas y colinas verdes, hacia la escuela primaria donde era maestra.
Allí, en ese espacio tan inmenso para mí, comencé a desarrollar mi amor por la educación. Mientras los estudiantes jugaban conmigo a ser mis maestros, y los maestros a ser mis mentores, aprendí a escuchar, a observar, a liderar… a ser lo que mi madre siempre quiso que fuera.
Al llegar a la universidad, ese olor a tiza blanca, a pega líquida y a crayones de colores me perseguía. Estudiar educación se convirtió en mi opción, en mi vocación.
Hoy, unas décadas más tarde, camino por los pasillos de la Universidad de Puerto Rico junto a mi hijo de cuatro años. Conmemoramos la academia, el pensamiento crítico, la lectura y la intelectualidad. "Nos pueden robar todo, hijo, pero el conocimiento y las experiencias que desarrollamos juntos permanecerán por siempre, como el legado académico que mis padres inculcaron en mí".
Porque educar es rebelarse.
Porque enseñar es desafiar los silencios que otros prefieren mantener.
Y porque cada salón de clases, cada palabra, cada mente que se enciende es una trinchera.
Yo heredé la tiza, pero también la voz. Y con ella seguiré escribiendo la revolución más profunda, la del pensamiento.
MTG 3/10
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