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Pulsión

Haaaaaah… shhhhh… haaaah… Inhala profundo por la nariz. Exhala lento por la boca. Haaaaaa… ffffff… Bip… bip… bip… —Relaja tu mente, controla tu cuerpo. Respira por la nariz y suelta por la boca. Solo piensa en el aquí y el ahora. Pronto saldrás de este hospital. Respira nuevamente. —¡Carajo, esto no me funciona! Busco el celular, acurrucado entre las sábanas florales que me trajo mi madre la última vez que pudo visitarme, el domingo. Fue hace dos días o menos. Hoy es martes, pero siento que no nos vemos desde hace meses. El tiempo se vuelve lento en este lugar; el aire se encierra y me asfixio conmigo misma. Abro mi celular flip y trato de escribir con una sola mano, la izquierda, la no dominante. Intento generar una bitácora para que, cuando pueda escribir mejor, no olvide del todo la realidad. A mi libro de memorias no le hacen falta más capítulos, pero hay que añadir cómo es tratado un paciente con TLP durante una hospitalización. ¿Habré dicho que tengo TLP? ¿Cumplimenté un recuadro...

Incertidumbre

Aquella tarde, prendí la computadora como quien enciende su auto antes de emprender un nuevo viaje. Entre archivos, escritos creativos y formularios completé los documentos requeridos en la convocatoria y los envié con la misma confianza que me distinguía antes de mi diagnóstico. Pasan las semanas y la ansiedad comenzó a florecer como una planta venenosa en medio del pecho. No había recibido ningún mensaje de confirmación. Comienzan a llegar pensamientos de derrota: no fui elegida, no soy suficiente, no me quieren

Llega la fecha cero, la semana en que debía recibir el correo electrónico con el resultado de los seleccionados. Mis días se convierten en una vigilia. Entro a mi correo al despertar, al cepillarme los dientes, al desayunar… y así más de cincuenta veces al día. Mi cuerpo sabe que no me hace bien, que el teléfono emitirá un sonido si llega un mensaje, pero aun así reviso compulsivamente. Mi mente me juega pasadas peligrosas: se adelanta al peor escenario, me hace sentir urgencia extrema, me dispara el miedo al abandono y al rechazo anticipado.

Las noches se han vuelto largas. No puedo dormir, como si la universidad enviara correos de madrugada. Me invade la angustia, me muerde como animal con rabia. Para mí, la incertidumbre es una amenaza, la espera es una pérdida y el silencio se siente como un rechazo. Y aunque sé que, entre tantas solicitudes, el porcentaje de entrar es bajo, mi trastorno me exige respuestas que aún no puedo darle.

MTG 25/11


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