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Incertidumbre
Aquella tarde, prendí la computadora como quien enciende su auto antes de emprender un nuevo viaje. Entre archivos, escritos creativos y formularios completé los documentos requeridos en la convocatoria y los envié con la misma confianza que me distinguía antes de mi diagnóstico. Pasan las semanas y la ansiedad comenzó a florecer como una planta venenosa en medio del pecho. No había recibido ningún mensaje de confirmación. Comienzan a llegar pensamientos de derrota: no fui elegida, no soy suficiente, no me quieren…
Llega la fecha cero, la semana en que debía recibir el correo electrónico con el resultado de los seleccionados. Mis días se convierten en una vigilia. Entro a mi correo al despertar, al cepillarme los dientes, al desayunar… y así más de cincuenta veces al día. Mi cuerpo sabe que no me hace bien, que el teléfono emitirá un sonido si llega un mensaje, pero aun así reviso compulsivamente. Mi mente me juega pasadas peligrosas: se adelanta al peor escenario, me hace sentir urgencia extrema, me dispara el miedo al abandono y al rechazo anticipado.
Las noches se han vuelto largas. No puedo dormir, como si la universidad enviara correos de madrugada. Me invade la angustia, me muerde como animal con rabia. Para mí, la incertidumbre es una amenaza, la espera es una pérdida y el silencio se siente como un rechazo. Y aunque sé que, entre tantas solicitudes, el porcentaje de entrar es bajo, mi trastorno me exige respuestas que aún no puedo darle.
MTG 25/11
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