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Espejo
Ella se miró al espejo y no se reconoció.
De su cabello surgían destellos plateados, con zonas donde aquel nuevo color ya había devorado el marrón café. Posó las manos sobre sus pómulos y observó las carreteras de múltiples carriles que cruzaban su frente, señales del tiempo que no pasa en vano.
Notó las líneas perioculares, finas y persistentes, como pequeñas memorias dibujadas alrededor de sus ojos. Pasó los dedos sobre sus labios, intentando humectarlos, pero los encontró resecos, partidos, ligeramente arrugados.
Su cuello se había convertido en su reloj, un delicado mapa de pliegues suaves, líneas que descendían con discreción, testigos silenciosos de los años vividos. La piel, antes firme, ahora mostraba una sutil laxitud, como si la gravedad hubiese empezado a tallar su propia caligrafía en aquella zona tan expuesta al tiempo.
Ella se miró al espejo y no se reconoció.
Decidió entonces sentirse, comprobar si su cuerpo seguía vivo. Del cuello bajó hasta sus pechos, pequeños pero algo caídos. Acarició sus pezones; se endurecieron con lentitud, como piedras pulidas por el río, reaccionando aún al calor de su propia mano. Comenzaba a reconocerse de nuevo. Recordó quién fue y se sintió orgullosa de quién es.
Sus manos descendieron por su barriga con caricias sutiles, como quien recorre un territorio conocido. Al llegar a su centro, no la tocó de inmediato: la bordeó, la reconoció por la memoria, la sintió vibrar... Redescubrió ese espacio íntimo donde siempre ha habitado su fuego. Era su umbral, su refugio, su brújula; y aunque los años han pasado, lo seguía siendo.
Conectó consigo misma hasta desbordarse de pie frente al espejo, reconociéndose en la humedad, viva.
MTG 22/11
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