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Crimen
Son muy pocas las veces que me siento Agatha Christie, la escritora. A decir verdad, los crímenes no son el tipo de tema que suelo escribir. Pero con la violencia que arropa a la isla, la mente vuela, y me resulta muy difícil, con mi imaginación, no jugar a encarnar el papel de detective. Lo peor es cuando el personaje principal de la trama mental que ahora escribo soy yo.
Eran las ocho de la noche de un sábado cualquiera. Me encontraba viendo una película en una plataforma streaming. Sonó el teléfono —un mensaje—. Era una invitación de un doctor que apenas conozco, con quien nunca he salido, a su recital de música clásica en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico. Luego de agradecerle por escrito la invitación y desearle el mayor de los éxitos, cerré los ojos y me dejé envolver por los recuerdos. Mi mente me llevó nuevamente entre los pasillos de la universidad, esos que había recorrido por más de cinco años.
Observé el verdor de la plazoleta central que se extendía hasta los pies del majestuoso Teatro de la Universidad de Puerto Rico. Su fachada, de líneas neoclásicas y columnas imponentes, parecía custodiar secretos de siglos pasados. Se veía tan imponente como décadas atrás. La piedra, envejecida por la lluvia y el sol caribeño, conservaba aún el brillo discreto del mármol que alguna vez fue blanco. Sobre la entrada principal, el escudo universitario tallado en relieve me observaba con solemnidad, como si supiera que algo estaba por ocurrir.
Al entrar al teatro, las luces tenues del vestíbulo se filtraban entre los ventanales arqueados, proyectando sombras danzantes sobre los mosaicos del suelo. A lo lejos se escuchaba el eco de un violín afinando sus cuerdas: un preludio de lo que parecía una noche con mucha acción… o tal vez el inicio de un misterio. Sentada en las primeras filas, se me hacía muy difícil identificarlo, pues solo lo había visto en fotos. La música era de mi agrado; el ambiente me hacía sentir viva. Pero algo me tenía nerviosa… quizás el vernos por primera vez después de la función.
Al finalizar, los aplausos —una ovación larga y muy merecida— rugieron como un estruendo. Me quedé cómoda en la silla, esperando recibir algún mensaje, la confirmación de dónde nos veríamos, ese primer encuentro que ya me estaba provocando ilusión luego de haber contemplado el arte que llevaba guardado entre las manos. No había mensaje. Solo silencio.
Al salir del teatro, me quedé unos minutos observando la fachada iluminada, intentando distinguir las figuras que iban saliendo, esperanzada de recibir un “hola, soy yo”. Lo busqué entre la multitud. Nada. Fue entonces cuando sentí una mirada fija posándose sobre mí, tan real que erizó cada poro de mi piel. Giré lentamente, cuidando cada paso como bailarina de ballet.
Pero no era el de las fotos. Medía cerca de seis pies, corpulento, de unos cincuenta años. Vestía completamente de negro y sostenía en sus manos un estuche de instrumento —de esos rígidos y alargados donde se guardan equipos musicales—. Me llamó por mi nombre y apellidos.
—Buenas noches —dijo.
—¿Nos conocemos? —pregunté con voz temblorosa.
—Al doctor le ha surgido una emergencia en el hospital. Me ha pedido que le entregue el estuche.
—Pero, señor… —tartamudeé—, no le conozco en persona, no tengo su dirección… ¿no sería mejor que usted mismo se lo entregara?
—Sigo órdenes —respondió con voz firme.
Y sin más, se desvaneció entre la grisácea noche y la multitud que se tomaba fotos frente al teatro.
Marqué el teléfono del doctor en varias ocasiones, pero parecía estar apagado. Caminé unos pasos hacia la salida, aún con el estuche entre las manos, y comencé a cuestionarme qué decisión tomar:
¿Me lo llevo a casa y nos encontramos más tarde?
¿O lo abro para ver qué hay dentro?
Ni siquiera estaba segura de que fuese su instrumento, o si realmente lo necesitaría al día siguiente.
Decidí sentarme en uno de los bancos de la universidad. Frente a mí se erguía la Torre de la Universidad de Puerto Rico, majestuosa, iluminada por los reflectores que rompían la oscuridad del cielo. Su reloj marcaba las nueve en punto y, con cada campanada, el eco parecía extenderse por todo Río Piedras, como si el tiempo allí obedeciera a otras leyes.
La torre, con su arquitectura morisca y su aire vigilante, parecía mirarme desde lo alto. Los vitrales reflejaban tonos dorados y verdosos, y por un instante creí distinguir sombras moviéndose tras ellos. Era una estructura viva, silenciosa testigo de generaciones, de secretos, de encuentros que nunca fueron casualidad.
Respiré hondo. El aire húmedo olía a lluvia y a hojas recién cortadas. Coloqué el estuche sobre mis piernas. Dudé unos segundos. Aun así, con manos temblorosas, deslicé los seguros metálicos.
Clic.
El sonido resonó más fuerte de lo que imaginé.
Levanté la tapa y, segundos después, como quien ve a un fantasma, comencé a gritar.
—¿Mamá? ¿Qué pasa, estás bien? —preguntó mi hijo, sorprendido.
Aún jugaba en su tableta, mientras yo, entre lo verosímil del mensaje, la escritura de este texto y la fantasía del crimen, me había quedado dormida.
MTG 2/11
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