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Café
Eran las nueve de una mañana dominical. Me levanté de la cama y me incorporé lentamente a mi rutina matutina, como de costumbre. Hasta que algo cambió al entrar a la cocina.
Ese espacio hace magia con mi nariz y activa los latidos de mi corazón, como si entrar allí representara un nuevo viaje.
Abrí la repisa y seleccioné el café de Aruba que me había traído mi madre en uno de sus últimos cruceros. Destapé la funda.
El olor a café recién molido inundó el aire, envolviéndome en sus matices, llevándome a tierras altas, imaginando el proceso de recolección y molido. Quise más: tomé la cuchara, lo serví en el portafiltro de la cafetera y acerqué la nariz.
Deseaba embriagarme con su aroma, abrazarlo y quedarme con él durante todo el día. Pensé en cómo algo tan sencillo como el café puede despertar en mí tanta inspiración, alegría y goce.
Las gotas de café recién colado comenzaban a caer, una a una, dentro de la cafetera. Ploc... ploc... ploc... —ese sonido rítmico, casi hipnótico— marcaba el compás de la mañana.
El vapor se elevaba lentamente, dibujando figuras invisibles en el aire. En mi mente era Aruba: sus playas, su gente… mientras el aroma se hacía más intenso, más profundo, más mío.
Sentí que el tiempo se detenía en ese instante: solo el goteo constante, el calor del vapor y el murmullo suave del café llenando mi hogar.
El café ya está listo. Lo vierto en mi taza y dejo que el primer sorbo me convenza de que hoy todo irá bien.
MTG 9/11
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