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Aceptancia
Me siento en el suelo frío, producto del aire acondicionado encendido en 60 °F. Desnuda. Cruzo mis piernas como un nudo imperfecto. La derecha doblada hacia dentro, escondiendo el pie bajo el muslo izquierdo. La izquierda cruzada por encima, apoyando el pie cerca del derecho. Mis rodillas se rozan, mis muslos se tocan, y el cuerpo se inclina apenas hacia adelante, como si buscara abrazarse a sí mismo.
El suelo de losas grises, que imitan la madera, intensifica el contraste con el tono pálido de mi piel. Observo los vellos brotar por mi cuerpo, pequeños troncos oscuros que no logro arrancar de raíz. La celulitis me saluda con burla, mientras las estrías se asoman, aliadas en su intento de destruir mi autoestima.
Mi vientre, redondo y blando, intenta ocultar el templo de mi centro, pero no se lo permito. A ella —a mi vulva, a mi raíz— la contemplo con respeto y devoción, como se mira a una diosa cansada que aún guarda fuego entre los pliegues.
Y así sigo contemplando, buscando en mi propia belleza, tocando, acariciando, sintiendo el vibrar de mi ser. Me descubro humana, imperfecta y sagrada a la vez, respirando en el límite entre la vergüenza y la aceptación.
MTG 6/11
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