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Lluvia
Ayer llovió y hoy también.
El cielo, en la Isla del Encanto, se pintó de negro. La lluvia caía a cántaros, como si una tormenta se precipitara. En la playa, las olas bailaban un vals con deseos de intimar con la tierra. Fue tanto mi asombro por lo que vi, que tuve que salir de allí. Minutos después, un arcoíris me sonrió. La lluvia momentánea se fue junto conmigo.
Ayer llovió y hoy también.
Esta mañana, mientras colaba café, observé por la ventana las gotas de lluvia chocar con la puerta, fuertes, retumbando como granizos. Tomé la taza de café, con galletas de soda y un poco de mantequilla. Me senté en mi silla y dije: “Esta vez dejaré que la lluvia me cante al oído.”
Ayer llovió y hoy también.
Lleva tres días lloviendo. Las calles alrededor de mi casa están inundadas. El agua ha llegado hasta mi marquesina y me saluda, como quien pide permiso para entrar. No me permite salir: antier no me dejó ir a la playa, ayer me obligó a quedarme en casa y hoy tampoco me libera de este espacio que habito.
¿Me estará diciendo algo la lluvia?
¿Será que debo descansar más, hacer silencio, escucharla y simplemente disfrutarla?
Entro a mi habitación, abro el ropero, me quito la ropa y me deslizo entre un abrigo y un pantalón. Me calzo las botas de agua. ¿Estará bien mostrar rebeldía o ceder ante ella?
Antier llovió, ayer llovió, hoy llovió.
Me acerco al balcón, respiro y decido quedarme en casa.
Cedo ante ella, es una señal.
Debo descansar.
MTG 24/10
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