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Glosa
despojándola de su veneno.
Ahora, antes de pronunciar palabra,
abro en dos mi cerebro
para que el viento circule libre
y me enseñe a analizar antes de hablar.
He atado esa lengua —ese músculo húmedo, inquieto,
de carne viva y filo invisible,
capaz de acariciar y de herir—
a la obediencia de mi mente,
para que canalice con sabiduría
lo que antes reinaba en improperios.
Bendita y maldita entre quienes me rodean,
he aprendido a dominarla,
esa que me ha hecho ser señalada y abominada
por destilar por mi boca
todo lo que mi conciencia ardiente piensa,
lo que habita en mi interior pensante,
en ese laberinto lúcido donde se gesta cada idea.
He aprendido a caminar entre espinas,
al borde de la línea,
en el punto más alto del precipicio;
y es allí donde he aprendido
a mantener mi lengua densa y pesada,
como hierro en la boca,
a sostenerla en silencio mientras observo,
a escuchar primero, analizar después
y hablar solo cuando la palabra
sea tan necesaria como el aire,
porque una sílaba adelantada,
una verdad sin tiempo,
puede costar la calma
y hasta la vida.
La domino en la benevolencia y en la abundancia,
en el presente y en la posteridad,
en la alegría y en el dolor,
en la muerte y en la vida.
Controlemos la lengua antes de que ella nos destruya,
antes de que arrase, como incendio indomable,
el mundo que nos eligió.
MTG 3/10
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