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Genealogía
Ramírez de Arellano, Cofresí, Túa, González de Méndez… llamados que suenan como campanas antiguas en mi cabeza, música, aventura, intriga y mar.
Llevo años sintiendo cómo estos apellidos me invocan, cómo pronuncian mi nombre sin yo llamarlos, cómo sus ecos me buscan en archivos, en muros, en bibliotecas, en vitrinas de museos y en genealogías amarillentas.
Hoy, sin proponérmelo, volví a encontrarlos. Subí unas escaleras gastadas por siglos, toqué el timbre de una casona española en el corazón de San Germán. Me abrió la puerta un Ramírez de Arellano — no con cuerpo, sino con presencia. No se encontraba con vida, pero estaba en las paredes, en los retratos, en el polvo noble de las molduras, en la voz serena de la guía del museo. Profesora retirada de una prominente universidad.
Mi piel se erizó en cada sala, tanto que fue percibido por terceros. Allí me encontraba nuevamente, sin buscarlo, sin pedirlo, pero mi alma sabía lo que mi cuerpo aún no. La guía me condujo hasta su oficina, y en aquel rincón encontré el árbol genealógico de la familia Ramírez de Arellano.
Entre cuadros, vitrinas y nombres inscritos en papel, sentí que mi historia se mezclaba con la suya, como oleajes que se encuentran en el mar abierto, yo, visitante, educadora, escritora, ellos, ancestros, fantasmas, linajes.
El museo se convirtió en un espejo donde mi sangre se reconocía en otras sangres, un puerto donde mi nombre echaba anclas en una memoria más amplia que mi vida.
MTG 5/10
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