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Viacrucis
La Virgen María nos observa mientras el suero desciende gota a gota por las venitas frágiles de mi bebé. Estamos recostados en una cama que carga medio siglo de historias, como una cruz oxidada que aún sostiene cuerpos cansados, en un cuartito donde la única luz se filtra tímida desde el pasillo, como si también dudara en entrar. La fiebre no cede y dentro de mí germina la desesperación. El Niño Jesús también nos mira desde la pared, con un gesto inmóvil que parece más lamento que consuelo. No sé qué me produce más miedo: si esos ojos de juicio en los cuadros, la cama que amenaza con desplomarse como un templo en ruinas, la penumbra que nos envuelve como si fuera un Viernes Santo eterno… o la gravedad que aprisiona el cuerpecito de mi hijo, como si cargara ya su propio calvario.
El suero llega a su fin. Caminamos hacia la sala de espera, donde otros santos vigilan desde las paredes, ídolos mudos de un viacrucis moderno. Allí, el dolor se confunde: enfermos con piernas rotas, mascarillas que recuerdan el pecado del Covid, miradas cargadas de ansiedad que parecen rezos sin respuesta. “Mamá, ya puedes pasar. Aquí tienes la receta.” Y así nos marchamos, no curados, sino expulsados: peor de lo que entramos, trastornados por tantos espíritus y con la certeza de que la salud en este país es un milagro ausente, una religión pintada en paredes, pero nunca encarnada en el trato humano.
MTG 11/11
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