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Soledad
Sentirlo una vez duele, pero más duele cuando lo vives por segunda vez con otra persona. Ya dicen que en guerra avisada no muere gente, pero en esta ocasión, nuevamente, prefirieron dejarnos morir quien supuestamente nos amaba.
El déjà vu se vuelve presente. La tráquea comienza a cerrarse, el mareo convierte la habitación en un océano que gira sin detenerse, y las lágrimas descienden por las mejillas mientras mi hijo está a mí lado, debo fingir fortaleza. Porque mi enfermedad no cuenta, solo la de él.
Busco fuerzas donde ya no existen: para arroparlo, preparar la comida, administrar los medicamentos, liberar el oxígeno. Y en medio de ese acto de amor inquebrantable, la tormenta me invade, el dolor físico me calcina y el dolor emocional ahoga.
Entonces lo entiendo, una vez más estoy sola. Que aunque alguna vez creí estar acompañada, hoy, en el instante más frágil, no hay nadie. Descubro que el egoísmo puede disfrazarse de narcisismo, pero también de lejanía. Mejor es no saber, porque cuando se sabe se espera más. Y la espera es un filo invisible, corta más cuando prometen quedarse, pero dejan la silla vacía justo en el momento en que la respiración se vuelve súplica.
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