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Pulsión

Haaaaaah… shhhhh… haaaah… Inhala profundo por la nariz. Exhala lento por la boca. Haaaaaa… ffffff… Bip… bip… bip… —Relaja tu mente, controla tu cuerpo. Respira por la nariz y suelta por la boca. Solo piensa en el aquí y el ahora. Pronto saldrás de este hospital. Respira nuevamente. —¡Carajo, esto no me funciona! Busco el celular, acurrucado entre las sábanas florales que me trajo mi madre la última vez que pudo visitarme, el domingo. Fue hace dos días o menos. Hoy es martes, pero siento que no nos vemos desde hace meses. El tiempo se vuelve lento en este lugar; el aire se encierra y me asfixio conmigo misma. Abro mi celular flip y trato de escribir con una sola mano, la izquierda, la no dominante. Intento generar una bitácora para que, cuando pueda escribir mejor, no olvide del todo la realidad. A mi libro de memorias no le hacen falta más capítulos, pero hay que añadir cómo es tratado un paciente con TLP durante una hospitalización. ¿Habré dicho que tengo TLP? ¿Cumplimenté un recuadro...

Hojarasca

Ya las hojas han comenzado a cambiar de color: unas más amarillas, otras naranjas y marrones. Lentamente se van cayendo de los árboles, como si quisieran descansar tras un largo viaje. El suelo las recibe con ternura, como quien anhela fundirse con ellas y hacerse una sola materia. Entre la humedad y el pensamiento de que todo regresa al principio, a la tierra, avanzo. Me deslizo sobre las hojas y camino con cuidado para no caerme.

De pronto escucho un canto a lo lejos. Entre puntillas sigo mi paso y lo veo: un pájaro carpintero, con su plumaje negro brillante, alas salpicadas de blanco y una cresta roja encendida que parece un fuego pequeño en movimiento. Su pico, fuerte y puntiagudo, golpea con ritmo firme el tronco, como si marcara el pulso secreto del bosque. Su canto y su labor me detienen; me recuerdan que incluso lo más diminuto sostiene el equilibrio de la vida.

El detenerme me da la oportunidad de conectar conmigo y con el entorno. Me pregunto si las hojas están frías o calientes, cuál será su textura. Me doblo y agarro un mazo de hojas otoñales. Me percato de que están frías, casi húmedas. Juego con ellas como niña curiosa y feliz. Las lanzo al aire como si al dejarlas en libertad pudieran regresar a su árbol, aunque ya no tengan raíces.

Qué bella naturaleza, bendita naturaleza que nos da lecciones, todo, tarde o temprano, regresa a su inicio. Nada merece el afán desmedido, porque siempre hay un ciclo, un comienzo, un retorno.

MTG 27/9







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