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Hojarasca
Ya las hojas han comenzado a cambiar de color: unas más amarillas, otras naranjas y marrones. Lentamente se van cayendo de los árboles, como si quisieran descansar tras un largo viaje. El suelo las recibe con ternura, como quien anhela fundirse con ellas y hacerse una sola materia. Entre la humedad y el pensamiento de que todo regresa al principio, a la tierra, avanzo. Me deslizo sobre las hojas y camino con cuidado para no caerme.
De pronto escucho un canto a lo lejos. Entre puntillas sigo mi paso y lo veo: un pájaro carpintero, con su plumaje negro brillante, alas salpicadas de blanco y una cresta roja encendida que parece un fuego pequeño en movimiento. Su pico, fuerte y puntiagudo, golpea con ritmo firme el tronco, como si marcara el pulso secreto del bosque. Su canto y su labor me detienen; me recuerdan que incluso lo más diminuto sostiene el equilibrio de la vida.
El detenerme me da la oportunidad de conectar conmigo y con el entorno. Me pregunto si las hojas están frías o calientes, cuál será su textura. Me doblo y agarro un mazo de hojas otoñales. Me percato de que están frías, casi húmedas. Juego con ellas como niña curiosa y feliz. Las lanzo al aire como si al dejarlas en libertad pudieran regresar a su árbol, aunque ya no tengan raíces.
Qué bella naturaleza, bendita naturaleza que nos da lecciones, todo, tarde o temprano, regresa a su inicio. Nada merece el afán desmedido, porque siempre hay un ciclo, un comienzo, un retorno.
MTG 27/9
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