Nuevamente estoy aquí, sentada en la sala de espera. Las sillas plásticas de color verde me acompañan en este silencio compartido, como guardianas mudas de tantas historias. En las paredes cuelgan afiches que proclaman, “Mi cuerpo, mi decisión”, “Es una decisión personal, no un debate moral”, “Ningún ser humano es ilegal”. A mi lado, jóvenes, quizás menores que yo, esperan ser atendidas. En sus rostros se dibuja una mezcla de nerviosismo y esperanza, como si cada mirada llevara consigo un futuro posible. Algunas vinieron a abortar, otras a decidir tener un hijo y yo a encontrarme con la psicóloga. En cualquier caso, pienso que ya es una victoria haber llegado hasta este espacio.
Observo las banderas del feminismo, del movimiento proaborto y de la comunidad LGBTQIA+. Sus colores me envuelven como un manto de resistencia. Siento que me encuentro donde debo estar, en un lugar que nos reconoce, que nos mira sin juzgar. Respiro profundo y dejo que ese aire cargado de lucha y dignidad atraviese mis pulmones como un bálsamo.
Me descubro agradecida. En medio de mi propio trastorno, de mis luchas internas y de mis desórdenes, tengo acceso a recursos de salud que me permiten sanar. No todas cuentan con esa posibilidad. Reconozco, en este acto tan cotidiano de esperar, lo privilegiada que soy al poder hacerlo con la certeza de que alguien me atenderá. La espera, que en otros lugares sería desesperanza, aquí se convierte en un gesto de vida.
8/9 MTG
Comentarios
Publicar un comentario