Amo los sábados por la mañana, el café recién colao, la caminata entre veredas, riachuelos y montañas, como las jíbaras de mis ancestras, quienes eran una con la tierra.
Amo el verdor de mi isla, los arcoiris que nacen tras la lluvia, las gotas que caen suavemente sobre mi espacio, como pinceladas que el cielo regala, aportando belleza y vida.
Amo la sonrisa de mi hijo, sus manitas tiernas sobre las mías, sus palabras que me envuelven como un abrazo tierno que me arropa y eleva.
Amo el arte, las pinturas, las esculturas, lo abstracto y lo barroco, lo clásico en paredes, en libretas, en museos, como un idioma secreto donde el alma conversa sin palabras.
Amo las letras, la maquinilla, los teclados, los libros que esperan en las bibliotecas antiguas y modernas, como faros que encienden su luz en medio de mis tormentas.
Amo la universidad, sus pasillos y estudiantes, su cultura y complejidad, los debates que encienden el pensamiento crítico, como fuegos donde cada idea chispea en el aire.
Amo los aeropuertos, los aviones, los destinos aún desconocidos; la adrenalina de lo nuevo, lo oculto, lo especial, como puertas mágicas que me invitan a renacer en otros paisajes.
Amo la buena comida, la que viaja de la tierra a la mesa; amo las manos que la preparan y transforman los ingredientes en arte y memoria, como poemas comestibles que se escriben en el paladar.
Amo disfrutar de un buen restaurante como disfruto de una mesa familiar, donde cada plato es un puente, cada sabor un relato, cada aroma un viaje secreto.
Amo lo simple y lo profundo, lo que se toca y lo que se sueña. Amo lo que me recuerda quién soy y lo que me invita a descubrirme de nuevo.
Porque en cada amanecer, en cada rostro, en cada palabra, la vida me susurra, amar es la mejor forma de habitar el mundo.
MTG 13/9
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