Frente al acantilado yacía una pequeña cabaña de madera con tejas color terracota. Todas las mañanas, al pasar, la veía con las ventanas abiertas, como si deseara recibir la visita del viento en verano.
Ese sábado temprano decidí entrar al ver la puerta entreabierta. No había nadie. Solo encontré una mesa con un cofre que guardaba cartas con fechas de varias décadas atrás, un mueble viejo carcomido por el tiempo y algunos animales haciendo fiesta con migajas de comida.
Siempre pensé que allí vivía alguien. Recordaba haber visto, en ocasiones, a un señor con ropa de marinero: barba blanca y larga, un gorro azul marino y una pipa en la boca. Ahora ya no estaba. ¿Acaso murió? ¿O quizá se mudó?, me pregunté.
Intrépida, interrumpí la tranquilidad del lugar y, ya que comencé a husmear, abrí una de las cartas. En ella, una mujer parecía desnudar el alma con palabras que temblaban de deseo:
“Mi amado George,cada noche busco tu sombra en la mía,
cada ola repite tu nombre en su espuma.
Ansío el día en que vuelvas,
cuando tus manos me devuelvan al mar,
cuando la arena sea nuestro lecho
y el horizonte nuestro secreto.
Tuya en cada aurora, tuya en cada ocaso, siempre tuya.”
En ese instante la carta saltó de mis manos y tomó vuelo hacia el acantilado. Corrí a alcanzarla, pero se detuvo al borde del precipicio. Al mirar hacia abajo, allí estaba el marinero, acompañado de una mujer. Sus manos se entrelazaban, como si la eternidad les perteneciera.
Quise gritar, pero ninguna voz salió de mi garganta. Mis pies no tocaban la tierra, el viento atravesaba mi piel como si fuera bruma. La carta, suspendida entre mis dedos, se deshizo en el aire como polvo de estrellas.
Y entonces, en ese silencio absoluto, lo supe.
MTG 4/9
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