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Umbral
La lluvia cae sobre mi tierra.
He decidido hacer guarida e invitar a mis amigas Violette y Simone a unas copas de vino tinto —su favorito— aunque yo prefiera el rosado. A estas alturas haría cualquier cosa por agasajarlas y que se sientan como en casa.
Han venido desde la Francia de 1945 para escuchar mi voz, esa que las estremece y les recuerda su primer encuentro.
Mientras el agua se derrama sobre nuestras tierras habitadas, el deseo se intensifica: deseo de libertad, de emancipación, de conexión con nuestra propia voz. Entre risas, lecturas y caricias nos entregamos al amor del sonido de la maquinilla manual, donde convergen la raíz, la flor y el fruto de nuestras historias.
¿Quién mejor que nosotras mismas —mujeres de intensidad, de deseo y de marginación— para comprendernos? ¿Quién mejor que nosotras para hacer que las letras bailen junto a nuestros cuerpos, que habiten territorios desiertos por hombres incapaces de encontrarnos?
Con un gemido cálido, en medio de la tormenta de truenos, mis pupilas comienzan a expandirse. Abro los ojos y despierto de este sueño que me revela un secreto ancestral, he habitado otros cuerpos, he transitado otras vidas, y en cada una de ellas sigo buscando la misma libertad que hoy me nombra.
MTG 30/8
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