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Disparo
Esta tarde el tráfico estaba más pesado de lo habitual. La lluvia y el reloj marcaban las tres en punto —hora en que los adolescentes salen del colegio— provocando un atasco en mi camino. Multitud de autos de todos los colores y formas intentaban abrirse paso para ser los primeros en la fila. Yo estaba allí, intentando mantener la calma, practicando mis ejercicios de relajación, de mindfulness, inhalando y exhalando…
Hasta que un caballero en una guagua blanca brillante, como un tiburón hambriento rondando en círculos, intentaba interferir mi paso. Cada segundo se acercaba más a mi vehículo, como si fuera una ola oscura a punto de estrellarse contra mi orilla.
Las manos me comenzaban a temblar, la taquicardia ya había aparecido, el sudor era frío y la ira corría por mi cuerpo como fuego líquido, desde el pie que maniobraba el freno para no chocar al de al frente, hasta la presión sobre el acelerador, lo suficientemente rápida para que la guagua blanca no ocupara mi lugar.
Le toco bocina una vez. Sigue acercándose. Le subo el tono a la bocina. Me mira. Baja el cristal. Su rostro lucía enfurecido. Observa de forma deliberada hacia su asiento de pasajero, como quien busca un arma escondida. Su cuerpo, sus articulaciones, sus movimientos me decían: te voy a matar.
En segundos, antes de que lograra apretar el gatillo imaginario que mis miedos ya habían fabricado, en medio de la catástrofe que se avecinaba, vi un hueco en el carril contrario. Ahora o nunca. Piso el acelerador con cuidado, midiendo el espacio como si jugara una partida de ajedrez donde cada movimiento definía la vida. Me lanzo al carril contrario, esquivando el borde del sedán azul que parecía cerrarme el paso. Giro apenas el volante y avanzo.
Un auto más. Dos. Tres. La bocina de alguien me persigue como un eco lejano, pero no me detengo. Con cada metro que avanzo, siento que esquivo balas invisibles disparadas contra mí. Cuando finalmente me reincorporo a la fila, estoy seis carros más adelante.
Respiro. El pecho aún me golpea por dentro, pero sé que logré escapar. Otra vez con la muerte rozándome el hombro, como si un gatillo hubiera estado a punto de ser apretado.
MTG 28/8
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