Temprano en la mañana, cuando los gallos anuncian el día desde mi patio, abro los ojos y estiro los brazos como si quisiera alcanzar el firmamento. Desnuda, contemplo mis manos, mis brazos, mis piernas, y dejo que el roce lento sobre mi piel me guíe hasta ese rincón secreto de placer.
Saciada de la faena matutina, camino a la cocina. El café comienza a hervir, y con él despiertan memorias prohibidas, deseos que debían estar enterrados. Pienso en aventuras pasionales, en cuerpos sudorosos que se buscan sin protección, en la curiosidad insaciable que provocan las aplicaciones, en la diversidad de miembros masculinos: largos, anchos, oscuros, rosados; cada uno despertando un impulso distinto, un recuerdo, un temblor.
Mis labios se cierran sobre la taza. Me digo: basta. No sigas. El descontrol no te conviene. Estás saliendo con alguien… y es una buena persona.
De regreso en mi habitación, me enfundo en un vestido negro que se ciñe a mis curvas. La cremallera sube con dificultad, como resistiéndose a la cárcel, buscando libertad entre mi piel. Entonces una imagen inverosímil me invade: un gesto furtivo levantando el vestido, explorando mi entrepierna en busca del diamante oculto. Me humedezco, pero respiro hondo. Debo seguir con mi día.
En la guagua, enciendo la radio en sintonía con Radio Universidad. Las ondas de la música clásica me arrancan del presente y me llevan a otra dimensión, a aquella juventud en la que todavía creía que podía domar mi propio descontrol.
MTG 8/27
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