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Pulsión

Haaaaaah… shhhhh… haaaah… Inhala profundo por la nariz. Exhala lento por la boca. Haaaaaa… ffffff… Bip… bip… bip… —Relaja tu mente, controla tu cuerpo. Respira por la nariz y suelta por la boca. Solo piensa en el aquí y el ahora. Pronto saldrás de este hospital. Respira nuevamente. —¡Carajo, esto no me funciona! Busco el celular, acurrucado entre las sábanas florales que me trajo mi madre la última vez que pudo visitarme, el domingo. Fue hace dos días o menos. Hoy es martes, pero siento que no nos vemos desde hace meses. El tiempo se vuelve lento en este lugar; el aire se encierra y me asfixio conmigo misma. Abro mi celular flip y trato de escribir con una sola mano, la izquierda, la no dominante. Intento generar una bitácora para que, cuando pueda escribir mejor, no olvide del todo la realidad. A mi libro de memorias no le hacen falta más capítulos, pero hay que añadir cómo es tratado un paciente con TLP durante una hospitalización. ¿Habré dicho que tengo TLP? ¿Cumplimenté un recuadro...

Confusión

Entro en mi espacio,
mi burbuja,
ese lugar donde las inteligencias múltiples se materializan.


El café arde en el aire
y sus aromas intensifican mis pensamientos.
El jazz —a veces futurista,
a veces apasionado—
me hace sentir viva,
me reconecta con mis libretas,
con las plumas,
con la computadora.

Después de pedir mi café de temporada,
me entierro en el mueble cómodo
del que nadie me moverá
hasta terminar el material
de la clase de esta noche.

Profesora en su trinchera,
coloco mi computadora en la mesa
y corrijo los últimos detalles de la presentación.
Levanto la mirada,
la pierdo unos segundos,
hasta notar que la puerta frente a mi mesa se abre.
Y allí está él:
sonrisa de sorpresa,
de destino,
de vida,
casualidad o causalidad.

Otra vez tú y yo aquí.
Mi corazón se paraliza,
mi mente rebobina veloz,
como cinta de video de los años setenta.

—¿Estás bien?
Miento:

—Perfectamente bien. ¿Y tú?

Miente también, lo sé.

Estoy acostumbrada a que lo haga.

“Muy bien, con mucho trabajo y proyectos en marcha”.

Intenta arrastrarme al pasado:
los hijos,
los ronquidos de la noche,
los perfumes,
los sueños que alguna vez compartimos.

Respiro.
Miro a otro lado.
No dejo que la emoción me invada.

Pienso en el hombre con quien salgo estos últimos meses,
en por qué no me llama,
como si esa llamada pudiera disipar sus sospechas
de solterías.
Me digo:
si me llama,
le diré cuánto lo amo,
para ver si así, de una vez,
este narcisista me deja libre.

Libre de su búsqueda,
de su acecho,
de su tormento disfrazado de encanto,
de su ropa de última moda,
de su perfume que se adhiere a mi piel
y no me suelta.

Mientras me habla, me pregunto,
qué es verdad y qué es ficticio.
Si en realidad no fue tan malo como lo recuerdo.
Si ha cambiado.
Si ahora tiene buenas intenciones.
Las emociones me envuelven en un abrazo,
pero despierto con un sorbo del café
ya helado por el clima templado del lugar.

Él mira su reloj.


—Tengo que irme, una reunión me espera.

—¿Y el café? —pregunto.

—Ya será otro día.

Camina hacia la puerta,
no me da la espalda.
Antes de salir me mira,
media sonrisa en los labios:

—Hablamos luego.

“Es la costumbre”, dice.

Pero sé que no es costumbre.
Es preludio.
Es sentencia.
De alguna u otra forma,
siempre encontrará el camino
de regreso a mí.

MTG 26/8




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